Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 20 Enero, 2011


De cal y de arena
Suñol, periodista a lo grande

Fue un periodista fuera de serie. Como reportero y como director o jefe de redacción. En la cátedra, en el reportaje y en la investigación Julio Suñol se salía de los esquemas convencionales con que se describe al periodista y reunía todo el deber ser del oficio. Inquisidor, persistente, desconfiado, estudioso, leído, valiente, independiente, refractario a la lisonja y los halagos… en pocos periodistas concurren estas virtuosas características que acumuló Julio y que lo hicieron uno de los grandes de la profesión en Costa Rica.
Con unos cuantos periodistas de esta talla, hoy Costa Rica no andaría tan mal. Serían la prensa valiente, corajuda, enhiesta, cumpliendo la ley de los frenos y contrapesos, no para sustituir al poder político, sí para cautelar el bien común. Difícil ¿no? Claro, porque en el camino del ejercicio de la profesión el periodista topa con enormes e influyentes intereses, en no pocos casos enquistados en las mismas empresas periodísticas para moldear, desde ellas, la acción de los órganos del Estado y las políticas públicas en su propio beneficio.
Se necesita mucha testosterona para encararlos y para preservar la independencia en la iniciativa y la libertad en la búsqueda y transmisión de la verdad. Julio la tuvo. Mas a veces en Él tropezó y cayó. Como lo escribió Armando Vargas Araya, volvió a levantarse y regresó a la lid para triunfar. Nunca se rindió. Ni cuando le sofocaron dejándole su Diario de Costa Rica sin anuncios. Fue entonces cuando Jaime Solera Bennett, figura destacada del capital nacional, proveedor principal del papel para la impresión de periódicos y sin duda un ejemplar libre pensador, sabedor del valor de una prensa libre, da a Julio amplias facilidades crediticias para que el Diario no cerrara. Así era la Costa Rica tolerante y solidaria.
Suñol fue diputado de la izquierda democrática en tiempos de la represión medieval asentada en el artículo 94 de la Constitución. Valiente, fogoso, estudioso y sin ataduras más que con su pensar. Así fue en toda su larga trayectoria como periodista y como funcionario público. Con esos atributos se enfrentó a aquellos encadenamientos del poder financiero con el poder político que preludiaron la devastadora corrupción que hoy sufre Costa Rica. En 1974 denunció a Robert Vesco como “símbolo de la nueva moral o inmoralidad pública y privada que se instauró en el país”. Impensable entonces que la corrupción iría de mal en peor, pero así ha sido.
Julio siempre alertaba a esta hedonista sociedad. Era pesimista por ello y por la crisis del liderazgo nacional, la pauperización de los partidos y la pérdida de fe del ciudadano. En una de sus últimas columnas en “Tribuna Democrática” clamó por un movimiento redentor que cristalice superiores objetivos a partir de un gobierno de unidad nacional.
Vaya este recuerdo desde esta columna en LA REPUBLICA, diario al que llegué por invitación que me hizo cuando fue su director y cuando me pidió, también, colaborar en su sección editorial.

Alvaro Madrigal