Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 2 Diciembre, 2009


Hablando Claro
Sin ejército

Ayer celebramos 61 años de la que podría calificarse, sin temor a exagerar, como la decisión política más relevante de nuestra historia reciente: la abolición del ejército.

¿Celebramos? No nos engañemos. No hace falta ser muy observador para percatarse que fecha tan profundamente significativa, no es para nosotros los ticos ni siquiera un número rojo marcado en el calendario escolar. Y como hemos vivido sin el lastre de una institución castrense con sus onerosos e inútiles costos sobre las espaldas, los ticos no podemos valorar el peso moral que llevamos en el pecho y que nos hace ser tan peculiares para casi todo el resto del orbe, porque simple y sencillamente la mayoría de nuestros congéneres no pueden comprender cómo hacemos para vivir sin capacidad militar de defensa.

Hoy América Latina se rearma hasta los dientes. Solo en 2008 nuestros pobres países gastaron más de 51 mil millones de dólares en nuevos y sofisticados juguetes bélicos y, de acuerdo con las últimas cifras que repite una y otra vez el Presidente Arias en su testarudo intento por convencer de lo absurdo de este desquiciado despilfarro, este año la crisis económica internacional pasará de lejos del gasto militar que superará los 60 mil millones de dólares. Demasiado dinero para satisfacer los caprichos y vanidades de poder de las castas militares, o para demostrar que uno tiene más poder que el vecino, o para amedrentar al vecino o para situarse como potencia emergente mundial. Para lo que sea. Demasiado dinero desperdiciado frente a 200 millones de bocas hambrientas de hermanos latinoamericanos desprovistas –ellos sí– de toda capacidad de defensa.

Y lo peor es que a pesar de lo gigantesco de esas cifras, el gasto militar latinoamericano no llega siquiera al 5% del gasto militar mundial.

Nuestro mundo es la bodega de la industria armamentista primero y del narcotráfico después.

Sobran razones para convencer a cualquiera de la necesidad de protegerse hasta los dientes.

Y ante este panorama desolador, muchos podrían creer que lo nuestro fue un exabrupto de la historia. La excepción que confirma la regla.

¿Qué pensará un palestino –me pregunto en estos días– cuando el Presidente de una desconocida nación de América lo visita y le entrega “un documento explicativo en árabe sobre la abolición del ejército en Costa Rica y sus implicaciones”?

Yo francamente creo que un palestino, tanto como un israelí, un estadounidense, un iraní, un europeo, un afgano, un surafricano o simplemente un hondureño no puede comprender cómo los costarricenses hemos vivido sin ejército más de sesenta años y nunca aceptaríamos tenerlo.

Lo que no es comprensible es cómo nosotros mismos no pongamos un mínimo de nuestro empeño en aquilatar el inmenso valor de nuestra forma vida y no dediquemos ni siquiera el 1° de diciembre de cada año a exaltar lo que hemos logrado gracias a la providencial decisión de don Pepe y las fuerzas políticas de la época, de deshacernos para siempre del ejército, como el mal necesario que los demás hermanos del mundo cargan sobre sus espaldas.