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Lunes, 19 de noviembre de 2018



COLUMNISTAS


Rechacemos con fuerza la xenofobia

Vladimir de la Cruz [email protected] | Miércoles 22 agosto, 2018


Pizarrón

Rechacemos con fuerza la xenofobia

La xenofobia es todo aquello que se expresa con actos, con hechos, eventos, prácticas sociales, políticas, económicas, culturales, con manifestaciones orales y escritas, con grafitis, que exaltan el desprecio, el rechazo, la persecución, la opresión hacia otros seres humanos en razón fundamentalmente de su origen racial, o étnico o procedencia nacional.

La xenofobia adquiere también manifestaciones violentas cuando como resultado de esos actos se tiende a agredir, o se agrede, física y moralmente, se asaltan moradas, habitaciones, centros de trabajo, se destruyen bienes o instrumentos de trabajo de personas objeto de estos actos xenofóbicos, se les ataca en sitios públicos de concentración cultural y de reconocimiento social de estos grupos, como en parques o espacios de ocio y de recreación, o en las propias calles de libre tránsito.

La xenofobia puede adquirir carácter también religioso cuando a las personas que se les agrede se les vincula a prácticas religiosas o se les identifica con pertenencia a las religiones que profesan.

Una forma de xenofobia es cuando se realizan humillaciones públicas y chistes groseros o denigrantes hacia esas otras personas por su origen étnico o nacional.

La xenofobia también es considerar que una raza o un pueblo es superior a otro u otros pueblos, que una nación es igualmente superior a otra u otras.

La xenofobia es también toda exclusión, restricción, marginación, discriminación que se sostenga, o se base, en aspectos raciales, étnicos, de clase, origen nacional, que disminuyan la condición humana de personas, tratándolas desigualmente, violándoles derechos humanos, libertades esenciales de todo tipo, en espacios públicos como privados. Esta discriminación es con ánimo de impedir acceso a atención hospitalaria, oportunidades de estudio o educación, trabajo.

Racismo y xenofobia son hoy considerados como sinónimos, y en algunas legislaciones, como la europea, hoy son delitos, a los que se obligan todos los países de la Comunidad Europea a homologar en breve plazo, condenando hasta con tres años de cárcel a quienes practiquen la xenofobia y el racismo.

La xenofobia se construye en cada sociedad, en cada cultura, en cada grupo nacional, que la practica con el desarrollo de valores que sobrevaloran lo propio y desvalorizan lo ajeno, lo extranjero, lo extraño.

La xenofobia hoy adquiere también la forma del temor al extranjero en casa propia, en el país, así como por lo que pueda significar respecto al nacional, desplazamientos laborales y profesionales, ayudas económicas y sociales, estatales públicas, que se les pueden dar, que se siente que no se dan en la misma magnitud y prontitud a los nacionales. Esta forma de xenofobia por el temor atiza tanto sentimientos individuales como colectivos. Se acompaña muchas veces esta forma de xenofobia del temor a perder la identidad nacional, los rasgos propios de la cultura frente a la de quienes se rechaza.

Parte de la xenofobia se asocia a la actividad delincuencial de extranjeros, creyendo a la vez que los robos, los asaltos, los crímenes y los asesinatos “escandalosos” son hechos por extranjeros. La estadística costarricense señala que la situación de extranjeros sometidos a restricción de sus libertades por la comisión de delitos, y sentenciados por ellos, no alcanza el 8% de toda la población penal, en todas sus etapas de reclusión.

Grupos humanos históricamente han sido víctimas de xenofobia, judíos, gitanos, los grupos indígenas, o etnias americanas como se les llama a veces, en Estados Unidos, y en América Latina han sido víctimas de estas prácticas xenofóbicas. El racismo blanco eurocentrista tan dominante hasta mediados del siglo XX fue uno de esos bastiones de la xenofobia mundial. Los regímenes políticos colonialistas e imperialistas se basaron, y fundamentaron en la xenofobia. Millones de seres humanos sufrieron, han sufrido, y muchos siguen sufriendo, estas prácticas segregacionistas, excluyentes, marginadoras, de tipo xenófobo.

Desde la llegada de los españoles se impusieron prácticas sociales, políticas, económicas, culturales, de carácter xenofóbicas, discriminatorias y raciales, por medio del modelo de violencia que implementaron, que contribuyeron a desarrollar raíces de carácter xenofóbico que todavía pueden mostrarse.

Aparte del régimen colonial, en el periodo independiente se establecieron medidas de control sobre grupos étnicos y grupos de extranjeros que llegaban al país a trabajar, como fueron los negros, chinos, italianos y españoles en el siglo XIX. De todas las nacionalidades europeas llegaron también desde el siglo XIX a trabajar en aspectos profesionales, científicos, médicos, de ingeniería, de educación, de arte y de cultura en general. En el siglo XX, en la primera mitad, llegaron nicaragüenses, venezolanos, “polacos” o judíos huyendo del nazismo que se implantaba en Europa, centroamericanos en general, unos buscando nuevos horizontes de trabajo y de vida, por las pésimas condiciones socioeconómicas que tenían o por la mala situación de su país, y otros huyendo de sus países por los gobiernos dictatoriales y tiránicos, que ponían en peligro sus vidas y las de sus familias.

En la Ley Migratoria de 1941, con motivo de la situación internacional, y el marco de la II Guerra Mundial, y probablemente también por la influencia filonazista del gobierno de León Cortés, se estableció restricción migratoria y de paso por Costa Rica a 17 grupos étnicos.

En la segunda mitad del siglo XX, hasta hoy, llegaron otros grupos de inmigrantes, cubanos, chilenos, argentinos, uruguayos, brasileños, dominicanos, colombianos, asiáticos. Recientemente, de paso hacia el norte, lo fueron africanos, y de nuevo llegan nicaragüenses y venezolanos, muchos de estos huyendo de nuevo de sus dictaduras y tiranías.

La presencia afrodescendiente en el país hoy no tiene los niveles de discriminación y exclusión de antaño, debido entre otras cosas, al papel que han venido desempeñando de celebrar su condición y su proyección en la cultura nacional. No ha sucedido así con otros grupos étnicos que viven con nosotros y que son parte integral de nuestra cultura, y de nuestro ADN nacional.

Desde la primera mitad del siglo XX el poeta Aquileo J. Echeverría burlándose de ese aire blanco que exaltaban algunos miembros de la sociedad, señalaba que todos teníamos “una sombra”, indicando que en cada familia había un negrito atravesado, lo que se evidenciaba con tan solo observar el cabello ensortijado, los pómulos de los ojos, o las fosas nasales, la misma tez. Hacia 1940 el científico nacional Clorito Picado también llamó la atención de que nuestra “sangre se ennegrecía”.

Hoy por los diversos estudios de ADN, y de la mitocondria, se ha podido precisar, con base en los datos de cruces raciales desde el siglo XV, con la llegada de los españoles, que la población costarricense tiene, en números redondos, promediados de estos estudios, hechos entre 2003 y 2017, un 52% de origen europeo, 35% indígena, 12% africano y 9% asiático. En un estudio más reciente se señala un 14,6% de origen negro lo que evidencia que somos hoy el resultado de una gran mezcla de etnias, de culturas, de grupos humanos. Por ello también hemos cambiado la Constitución Política para entendernos como una nación multiétnica, multicultural, multilingüista.

Recientemente ha cobrado notoriedad la xenofobia por razones del flujo migratorio hacia el país, especialmente de nicaragüenses. Según los datos de Migración el país tiene una población extranjera oficial que ronda las 500 mil personas, de las cuales el 75% son nicaragüenses. Los extranjeros hasta hoy no desestabilizan social ni económicamente el país. Los nicas, como generalmente se les llama a los nicaragüenses, son un elemento estratégico de la producción nacional, como mano de obra en zonas agrícolas, en la construcción y en el servicio doméstico. Miles de familias de costarricenses están hoy mezcladas, por matrimonios o uniones libres, con personas nicaragüenses. Miles de niños de nicaragüenses han nacido en Costa Rica, son costarricenses por nacimiento, y estudian nuestra historia y nuestra cultura en las escuelas y colegios, asimilándola como propia, junto con la que heredan y cultivan familiarmente.

Los sucesos violentos del pasado fin de semana contra los nicaragüenses en distintas partes de la capital, causados por grupos neonazis, filofascistas, de personajes del lumpen social de las barras peleadoras de los estadios, y se dijo, extrañamente, de “anarquistas”, tienen que ser repudiados por toda la población costarricense.

De los supuestos “anarquistas” me es extraño porque si algo fue inmigrante en Europa fueron los anarquistas. Y los anarquistas, en lo que conozco, no fueron históricamente xenófobos. Tuvieron conciencia de una situación social y política y de un orden estatal que rechazaron por opresor en todas sus formas.

Si “anarquistas” se sumaron a estas manifestaciones de odio, obviamente que no saben ni conocen el abecé del anarquismo y de la lucha social y política anticapitalista y antisistema si así quiere verse. Son estos “anarquistas” unos ignorantes, unos provocadores sociales, y obviamente unos imbéciles políticos, que solo daño pueden producir al marco general de las luchas sociales.

De los filofascistas que están surgiendo en el país hay que entender que están dentro de las corrientes de odio internacional, de las manifestaciones de odio y de carácter xenofóbico, que desde Estados Unidos el mismo presidente Trump promueve y apoya.

La base teórica de estos grupos y personas fomenta la intolerancia, la pureza étnica, la homofobia, la misoginia, la no contaminación racial, social y cultural, exaltando el narcisismo social y nacional, y el levantamiento de muros de aislamiento.

No hay un todavía un partido político abiertamente pronazi en Costa Rica, ni creo que haya condiciones para su existencia, pero no impide que haya pronazis, y que actúen de conformidad.

Las bases sociales de estos pronazis deben llamarnos la atención. En Europa fue, en una parte, su alejamiento de las ideas e instituciones democráticas. En Costa Rica se ha venido deteriorando este apoyo en grupos de la población a las instituciones democráticas nacionales, en la desconfianza a la política, los políticos y a las mismas elecciones. Incluso hay sectores que están de acuerdo, según encuestas, con que haya posibles gobiernos fuertes y autoritarios.

Los regímenes fascistas tuvieron apoyo popular por la situación económica que enfrentaba la población y por las medidas de corte fascista que tendían a resolverla.

En los movimientos fascistas hubo y hay muchos desclasados sociales, inadaptados sociales, frustrados sociales, que no podían, o no pueden, adaptarse plenamente a la vida civil, a la vida de una sociedad en paz, que carecen de conciencia política y educación cívica e histórica y cultural básica, que hoy les cuesta entender e incrustarse en una sociedad de agresiva competencia económica, que amenaza, esta competencia, la estabilidad de micros, pequeñas y medianas empresas, amenaza a la sociedad misma, que ve deteriorar niveles y estilos de vida, especialmente de la clase media, aumenta la inflación, la incapacidad de ahorro y de consumo, que ha caído notablemente.

Esta situación social provoca un malestar social, a veces expresado abiertamente, otras expresado en explosiones sociales, las luchas de las barras deportivas en los estadios, en las expresiones de odio hacia los extranjeros que se hacen cada vez más evidentes, especialmente contra los nicas.

A esta situación hay que ponerle atención políticamente, desde los partidos políticos, desde la Asamblea Legislativa, desde el Gobierno Central, desde las instituciones estatales, y desde las instituciones religiosas que no fomentan la intolerancia, si no queremos que esto nos estalle cada vez con más fuerza en nuestras propias narices.

Impulsar políticas públicas orientadas a enfrentar estas situaciones, políticas culturales y educativas que fomenten y fortalezcan los ideales de la sociedad democrática, de la tolerancia, del respeto a la diversidad en todas sus formas, que promuevan las oportunidades y posibilidades, que valoren los aportes culturales de los pueblos, que reconozcan los procesos migratorios como parte de la riqueza que hoy nos informa y forma como pueblos civilizados.

Que ante situaciones políticas adversas, de otros pueblos, recordemos que desde mediados del siglo XIX se desarrolló en Costa Rica el Derecho de Asilo, y con él, el de Refugio y Amparo para quienes llegaran a Costa Rica, a nuestro suelo, en demanda y procura de seguridad, de nuevas oportunidades de vida y de trabajo, de incorporarse a nuestra sociedad, en igualdad con los costarricenses, para contribuir a desarrollarla de manera más profunda, más democrática, más inclusiva, más próspera, más justa.

El discurso y las acciones xenófobas que se están produciendo y manifestando, como en los hechos bochornosos de pasado fin de semana en San José, hay que combatirlos con mano dura, proceder con todo el peso de la ley contra quienes delictiva y vandálicamente así actuaron contra los inmigrantes y los nicaragüenses. Hay que luchar contra este discurso xenófobo que se centra en la inmigración.

Hay que luchar duramente y con todo el peso de la ley contra la incitación pública a la violencia y al odio dirigidos contra grupos de personas, miembros de esos grupos, definido por raza, el color de la piel, religión, ascendencia u origen nacional o étnico.

Hay que combatir igualmente los actos que difundan, en forma escrita, imágenes, grafitis, o cualquier forma que contribuya a denigrar seres humanos, y combatir, sobre todo, la apología, la defensa, pública que se haga de estimular estos sentimientos de odio, de discriminación, de racismo, de superioridad étnica o nacional, que puedan llegar a fomentar crímenes contra personas o contra grupos de personas.

Hay que fomentar un cultura de derecho del inmigrante a vivir con nosotros, de respetarle sus diferencias culturales y de verlo como parte constitutiva de la actual sociedad costarricense.

Los inmigrantes no son un peligro ni para identidad nacional, ni para la cultura nacional, ni para la historia costarricense.