Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 22 Enero, 2011


Elogios
Primero hay que saber sufrir…


Lo más fácil del mundo es culpar a Heráclito de Efeso del cambio permanente y celebrar con ello la irresponsabilidad de los padres indiferentes o ausentes de la autoridad que siempre debieron sostener, más allá de los Edipos y Electras que los griegos legaron a los freudianos para aliviar culpas.
Pero Heráclito proclamaba al cambio (“nunca nos bañamos dos veces en el mismo río”) como la esencia misma de la realidad en la que todo fluye y nada permanece, sin embargo no hay periodo en la historia de la Humanidad en que no se cuestione la educación de los hijos sin que por ello exista otra cosa que la importancia del entorno, por lo general impregnado de autoridad o de la ausencia de ella, se trate de la búsqueda de libertad o bien de libertinaje.

Porque si el entorno, el medio ambiente social son importantes para contribuir a moldearnos, no es menos cierto que albergamos una capacidad de aceptación o rechazo que nos definen en el momento de definir quiénes somos.
Mis viejos querían lo mejor para mí, pero la conformidad era mía, nunca pensaron que abundaría en riqueza pero deseaban que estuviera satisfecho conmigo mismo, que fuera feliz con lo poco o mucho que pudiera alcanzar, ellos se conformaban con una pensión segura porque ignoraban que este mundo puede estar cerca de muchas cosas, pero nunca de algo que te brinde seguridad y por eso uno ya sabía que lo único seguro eran los seguros porque las aseguradoras primero se aseguraban que pudieras sobrevivir y después, que pudieras pagar la prima.
Y es que toda seguridad tiene un alto precio de riesgo: cuanto más segura, más volátil, como el amor humano.
Y entonces, si uno educa, lo hace en busca de objetivos hacia el educando, no lo hace para ganar elecciones, o sea prometiendo lo que no puede cumplir. Pero si se dieron las condiciones de cumplimiento, lo mejor es dar lo prometido, en caso contrario, la factura te la van a cobrar, más temprano que tarde.
Además, mi mundo no será el de mis viejos, ni el de mis hijos; si no conozco mi mundo, ¿cómo voy a ayudar a mis hijos a definir el suyo? Lo que sí doy es un ejemplo que no tiene nada que ver con lo que los hijos piensen de mi vida, de mis logros, pero sí por sobre todas las cosas de mi conducta, de mi decencia ante la vida, de mi honestidad y de mi integridad.
No tiene que ver con estudios sino con lecciones de vida, no es el éxito sino mi actitud ante él cuando se dé y en especial del modo como me enfrento al fracaso y la humildad con que enfrento a los momentos de gloria, sabiendo que es tan efímera que será oscurecida por la muerte y el olvido: nada permanece, todo cambia.
Nuestros hijos deben sufrir, deben equivocarse y cometer errores, de ahí que estemos obligados a prepararlos para el aprendizaje de la vida. Lo que más cuenta es la fortaleza de carácter y creer que uno puede, que uno es capaz de lograr lo que parece imposible, no importa la cantidad de estudios que se hayan cursado, no importa el aporte de sufrimiento que debamos padecer.
Sentirse vencido es estarlo, es perder antes de competir en un mundo donde están naufragando invariablemente los sueños, las esperanzas, las metas, las ilusiones y también el sufrimiento, esa gran escuela que muchos erróneamente ahorran a sus hijos, robándoles sus ideales.
Siempre habrá un antes y un después: nadie como Homero Expósito lo dijo en 1944 en su tango “Naranjo en flor”: “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento. Perfume de naranjo en flor, promesas vanas de un amor que se escaparon en el viento. Después, qué importa del después, toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado, eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado, como un pájaro sin luz”.

Leopoldo Barrionuevo
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