Luis Alberto Muñoz

Luis Alberto Muñoz

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Viernes 20 Noviembre, 2009


Políticos mejengueros


Encuentro suficiente similitud entre la pobre situación del fútbol y la política costarricenses. Sus males son evidentes: falta de planificación, mala infraestructura, deficiencias técnicas, conformismo, pero sobre todo improvisación.
La crisis política y la del fútbol no pudieron coincidir en un momento más delicado como el actual.
Mientras Costa Rica desaprovecha las oportunidades que se le presentan, países vecinos nos superan, Honduras en el fútbol, Panamá en política de infraestructura.
La ingobernabilidad y la incapacidad de anotar los goles decisivos son los pretextos para que las culpas vuelen de un lado a otro.
El fútbol es un reflejo cultural, como deporte demuestra de qué está hecho nuestro espíritu de competencia. Hasta el momento parece solo nutrirse de glorias pasadas.
El cruel alegrón de burro, regalo de nuestra Selección Nacional de Fútbol, en su mediocre intento por clasificar a Sudáfrica 2010, tiene el mismo sabor de la injusta paga que reciben los contribuyentes de un Estado que cada día devuelve menos a sus ciudadanos.
La incompetencia municipal, la baja calidad de los servicios públicos, son parte del herrumbre que corroe a las instituciones.
Falta el coraje para cambiar, en especial aquellos malos hábitos de pequeñez y de una mentalidad derrotista que nos domina.
No podemos simplemente pensar en grande, y plantearnos objetivos superiores, que podamos alcanzar con voluntad, planificación y trabajo.
Esta es nuestra verdadera pobreza, una forma de miseria inmaterial que ha penetrado en lo más profundo de la mente nacional.
Deambulamos sin metas, sin proyectos definidos, sin claridad de hacia donde queremos ir.
Simplemente flotamos como hojas al vaivén de las modas, que vienen y se van, de las recetas que se nos imponen como sociedad.
Seguiremos perdiendo competitividad en todo lo que hagamos como país, si aceptamos simplemente la mediocridad que nos rodea y nos carcome.
Con apatía y desinterés no lograremos avanzar. Estamos condenando el futuro de nuestros hijos, con un país más contaminado, más corrupto, más violento, más perezoso y más descuidado, en comparación al que recibimos de nuestros padres y abuelos.