Arnoldo Mora

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Viernes 23 Enero, 2009

Obama: entre la duda y la esperanza

Arnoldo Mora

Rodeado de la más grande multitud que jamás haya asistido a una ceremonia cívica de esta naturaleza, el primer presidente en la historia norteamericana que es afrodescendiente, el joven abogado de cautivante verbo y hombre más popular del mundo en los últimos meses, BARACK HUSSEIN OBAMA, acaba de instalarse con su familia en la Casa Blanca. A pesar de ser considerado —y con razón— el hombre más poderoso de la tierra, nunca como ahora cabe recordar aquello de que “las apariencias engañan”, pues de su antecesor, más que una herencia, lo que acaba de recibir, es una pesada hipoteca hasta el punto de que uno no sabe si admirarlo por su coraje o censurarlo por su osadía. Recuerdo haber leído en 1980, dicho por un reconocido analista político yanqui al asumir la presidencia Ronald Reagan, la siguiente reflexión: quien llega a la Casa Blanca no es más que el administrador de un imperio en decadencia.
Si tal reflexión parecía entonces tan solo un lúcido presagio, hoy constituye una contundente verdad admitida por tirios y troyanos, en Estados Unidos y en el mundo entero. Pero no por eso Estados Unidos deja de ser el país más poderoso del orbe y, quizás, de todos los tiempos. Razón por la cual, el democrático ritual celebrado en Washington fue seguido con inusitado interés por miles de millones de ojos y corazones en todos los rincones del planeta.
Y este ha sido el primer acierto del nuevo gobierno, pues la imagen dejada por los ocho nefastos años de Bush, es la más negativa que jamás haya tenido ese país en su historia. Un acto como el que acaba de llevarse a cabo en Washington, de alguna manera lava, al menos momentáneamente y para no pocos, el sucio rostro del Tío Sam al dar credibilidad a un sistema político, de cuya consistencia democrática cabía toda suerte de sospechas luego de que los “triunfos” electorales del presidente saliente se vieran envueltos en acusaciones de fraude.
Pero será en Oriente Medio donde Obama deberá hacer realidad su voluntad de diálogo sincero en busca de una paz duradera. Y, sobre todo, en su propio país tendrá que demostrar su capacidad de estadista, porque no puede no hacer frente a la mayor crisis financiera y social que le ha sobrevenido a Estados Unidos desde 1929. En adelante su pueblo y el mundo entero lo juzgarán no por lo que diga sino por lo que haga. Y es aquí donde se deben formular algunas dudas.
Temeroso ante las poco democráticas muestras de mal humor del Pentágono y del complejo militar industrial, Obama, para compensar su anunciada salida de las tropas de Irak, ha prometido intensificar la guerra en Afganistán. Parece no haber aprendido la lección de la antigua Unión Soviética. Cabe entonces preguntarse si dentro de un año no estará anunciando para ese país lo mismo que hoy dice hará en el vecino Irak… y con el mismo sabor a derrota. En cuanto a la crisis económica, deberá luchar contra un poder financiero debilitado y desprestigiado, pero aún poderoso y con amplia influencia en el Capitolio. En la manera cómo asuma uno y otro reto, se medirá la capacidad real de liderazgo del nuevo presidente. Un fracaso en lograr la paz con los musulmanes, o en solventar la situación financiera de su país, serán el fin de las abundantes sonrisas que hoy inundan las calles de Washington.