Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 20 Diciembre, 2010


Nuevamente la esperanza


Todo lo que empieza termina, verdad de Perogrullo, aunque nunca tan presente como en estas fechas. Segundos, minutos, horas, días, semanas, meses comienzan y finalizan hasta completar el gran ciclo mágico en el que los occidentales dividimos el tiempo mayor: el año.
Y aunque algunos quieran evitar evocar la esperanza por cinismo o racionalidad pocos lo logran. Esperamos que un trámite se resuelva en las próximas horas, sentirnos mejor al día siguiente cuando estamos enfermos, que la próxima semana no nos duela tanto el alma por un desamor, que la plata nos alcance para llegar al fin de mes o en su defecto que el Gordo navideño nos escoja entre sus beneficiados.
Tratamos de pensar en que mañana será otro día, a pesar de lo ambiguo de la frase; no queremos pensar con la negatividad de Niestzche que la esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre. Queremos creer, soñar, anhelar, tener esperanza.
El fin de un año es el momento de mayor concentración de la esperanza: esperamos el término de 12 meses y anhelamos el inicio de los próximos con el deseo de que sean mejores.
Y no solo pensamos en nosotros y en nuestras desgracias cotidianas grandes o pequeñas. También ponemos la esperanza en que las víctimas de Cinchona y de Pico Blanco sean atendidos y puedan despedir el año en un hogar; que de una vez por todas las Iglesia deje de poner tantos peros a los programas de educación sexual del Ministerio de Educación a ver si en los próximos años disminuye la cantidad de embarazos adolescentes indeseados; que el absurdo conflicto fronterizo entre nuestro país y Nicaragua se calme no antes del 31 de diciembre (parece imposible) pero cuanto antes; aunque no sea una esperanza racional, deseamos que el narcotráfico deje de ganar terreno hundiéndonos en la vergüenza internacional y llenando nuestras calles de ajusticiados; dejar algún día de comulgar con la corrupción diaria; que la señora Presidenta logre cumplir sus metas en los próximos tres años, sobre todo en lo que se refiere a mitigar la pobreza extrema.
Hacer un balance de lo sucedido en 2010 nos hace perder la esperanza. ¡Queríamos tanto doce meses atrás y se nos dio tan poco! Los más viejos ya lo saben: no hay que desear lo imposible cuando lo posible apenas se cumple.
¡Nada de ponernos tristes, melancólicos y mucho menos pesimistas! Hay que arrear los bueyes con el entusiasmo de siempre. Dormir, descansar, juntar fuerzas y volver a empezar, volver a equivocarse, volver a esperar. Empezar el año con bríos, planes, proyectos e intentar que se conviertan en realidades.
Cargaremos 2011 con muchas responsabilidades, lo colmaremos de buenos deseos que posiblemente en un año no se hayan cumplido. Pero como mientras hay vida, hay esperanza, no podemos dejar de soñar. Aunque solo sea un sueño. Después de todo la esperanza es lo último que se pierde.

Claudia Barrionuevo
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