Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 5 Mayo, 2010


Hablando Claro
“Ni tanto que queme al santo…”

Es un hecho consumado que nuestro Presidente saliente (genio y figura hasta la sepultura) no deja a nadie indiferente. Oscar Arias despierta y despertará siempre las reacciones más encontradas. Cuando de él se trata, por un lado camina la admiración profunda y en la vía paralela, el rechazo ad portas.
Y en estos días, a propósito de que no hay plazo que no se cumpla y estamos por verlo despedirse de sus 40 años (con interrupciones, lógicamente) de servicio público, tirios y troyanos han puesto de manifiesto esos sentimientos de amor y odio. He leído por tanto, verdaderos denuestos que me parecen más dignos de un estudio psiquiátrico que del sólido renglón del riguroso análisis político; tanto como odas exentas del crisol de la sana crítica que tampoco pasan la clasificación (y calificación) del análisis.
Es indudable que por sus innegables capacidades de conducción, armado de su conocidísima perseverancia, con un gabinete sólido, una determinación a prueba y varias ideas fuerza muy claras y precisas, don Oscar puso a caminar de nuevo al país, nos devolvió la sensación de confianza y nos proporcionó sentido de dirección (lo cual no es para nada poca cosa, aunque algunos no quieran admitirlo). De modo que gracias a ello y más allá nuestra inclaudicable fe en La Negrita y nuestra sólida institucionalidad democrática, el país volvió por sus fueros después de seis años de desgobierno y un ánimo nacional colectivo tremendamente maltratado por los escándalos políticos que involucraron (de una forma u otra) nada más y nada menos que a tres ex presidentes de la República. Así las cosas, se aceitaron nuevamente los engranajes de las políticas públicas y ahí están —diría el mandatario— “los frutos” de la cosecha. No se puede ser tan mezquino para no admitir que la obra está a la vista y por tanto, no es cierto que la administración fue puro ruido y pocas nueces.
Sin embargo, tampoco resulta de recibo que todo fueron logros, éxitos y laureles. Esta gestión gubernamental no fue ejecutada por santos y querubines y como toda obra producto de los quehaceres de los mortales, tuvo sus yerros (y hasta pecados) —por acciones más que por omisiones— que debieron asumirse y no, por el contrario, rehuirse ex profeso. Es cierto que todos los mandatarios hablan de las maravillas de su obra, pero también lo es que por su manifiesto e inevitable sesgo a la hora de evaluarse y su negativa a admitir que junto con aciertos hubo errores, don Oscar provoca en sus detractores (aunque también lo he escuchado de algunos de sus seguidores) distintos grados de escozor e irritación. Es curioso, pero pareciera que nuestro Presidente no comprendió que la idiosincrasia de este pueblo (somos aún aldea, sí señor) gusta del modosito, del humilde. Para ensalzarlo sin necesidad de que sea autoensalzado. Por suerte a mí todo eso no me cambia el ánimo. Simplemente creo que es más el temperamento del genio.
Ahora bien, hay que resaltar una coincidencia unánime de tirios y troyanos: será el juicio de la historia el que verterá criterio sobre el segundo mandato de don Oscar Arias Sánchez.

Vilma Ibarra