Alejandro Madrigal

Alejandro Madrigal

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Viernes 16 Diciembre, 2016

El progresismo debe aspirar a gobernar, y gobernar implica mucho más que solo ganar la Presidencia de la República

Necesitamos un progresismo de mayorías

Se avecina 2017 y con él, los fuegos electorales se empiezan a encender: se configuran las fuerzas y trincheras dentro de cada partido, principalmente alrededor de las precandidaturas; y es un momento para evaluar lo que las diferentes fuerzas políticas pretenden empujar de llegar a gobernar.
Por un lado tenemos un PLN que trata desesperadamente de proyectarse como un partido renovado, con aires distintos y sin embargo, el precandidato con mayor músculo dentro de la estructura del partido representa a ese estilo de hacer política añejo, tradicional, caudillista y con una ética sumamente cuestionable; además de ser en sí misma una figura nada novedosa, sino más bien desgastada y mal vista, a la cual puede que su apellido y músculo le basten para ganar la candidatura.
De ese mismo lado, tenemos a la Unidad Social Cristiana con un tufo terrible a ser el partido más conservador y arcaico de los más protagónicos; que con su actuar durante estos casi tres años en el Poder Legislativo, su interés es defender el bolsillo e intereses de quienes más tienen, además de seguir asegurando sus feudos clientelares que le garantizan votos cada cuatro años. El Movimiento Libertario; ojalá rumbo la pronta desaparición después de tanto desgaste, corrupción interna y caudillismo de su principal líder; anda muy cerca de estas posturas, aunque se sabe que cada cuatro años hay cambios importantes esperando aumentar su atracción de votos. Finalmente, partidos ultraconservadores que solamente llegan a la Asamblea Legislativa para defender una agenda sacada del medievo. Los mal llamados cristianos; porque en realidad el cristianismo defiende el amor, mientras que estos diputados lo que dispersan es odio en cada una de sus acciones; terminan plegándose en casi todo tema a los partidos anteriores.
Del otro lado tenemos voces y partidos que tratan, aunque no siempre se logre, de ejercer un estilo distinto de hacer política, pensada en la gente, en quienes menos tienen y en aspirar a construir una sociedad menos desigual, más justa y más próspera para las mayorías. El partido de gobierno sin duda ha tenido fallos difíciles de olvidar y desde luego, no ha resultado ser la gran solución a todas las crisis que el país atraviesa (como tanta gente esperaba). Tal vez lo que explique esto es que es imposible que un único partido resulte en semejante solución milagrosa, y que nuestro aparato gubernamental e institucional están construidos de forma que haya demasiados pesos y contrapesos que balancean pero a la vez retrasan todas las acciones, además de que están lejos de ser una varita mágica con la cual se pueda arreglar todo.
Y a pesar de ello, también es muy fácil enumerar importantes logros que los gobiernos en los últimos 30 años no estuvieron ni cerca de alcanzar: la reducción de la pobreza y la desigualdad, la mejoras en la gestión y la recaudación fiscal, el balance de las finanzas públicas, los estímulos saludables a la economía que han permitido una inflación baja, un buen nivel de empleo, atracción de firmas para generar más y mejores empleos y un crecimiento económico superior al de la mayor parte de la región. Un respeto e inclusión en la toma de decisiones mucho mayor a los movimientos sociales de este país, atención a los problemas de la CCSS, el impresionante papel del ICE como gestor de proyectos de gran escala, y el incuestionable nivel de respuesta que dieron el gobierno y sus instituciones a raíz del desastre con el huracán Otto, por mencionar algunos ejemplos.
También tenemos la gestión en el Legislativo del Frente Amplio, la cual la caracterizaría como decente, transparente y conciliadora. Lamentablemente, percibo una pérdida del protagonismo y visibilidad que logró construir el diputado Villalta en el periodo anterior, donde él logró proyectarse como referente de muchísimas causas sociales y en políticas que buscaban mayor equidad de nuestro sistema económico. La gestión hasta ahora ha sido más lenta y menos protagónica, lo cual es un reto que tiene el Frente Amplio enfrente. Porque las voces que de ahí salen son sumamente necesarias para efectivamente seguir construyendo una agenda progresista capaz de incidir en la transformación del país. Esa beligerancia, crítica y claridad política han sido ingredientes que el Frente Amplio le ha dotado a la política costarricense y de los que no podemos prescindir.
Y finalmente, han aparecido otras voces bajo nuevas banderas y nombres, a raíz de la dificultad que han tenido tanto el PAC como el FA en impulsar consignas sobre libertades individuales y ciertos derechos humanos, con los cuales el país sigue en deuda y que debe garantizar su cumplimiento de forma urgente. Estos esfuerzos son sumamente valiosos, porque suman más manos y mentes al intento de hacer política y las sacan de la indiferencia. Así las cosas, tenemos muchísima gente dispersa en diferentes trincheras tratando de impulsar políticas que fácilmente caben dentro de la misma sombrilla progresista; pero que precisamente por esa realidad, no ha sido mucho el avance que hemos logrado.
Por todo ello es que, desde mi óptica, creo que Costa Rica necesita más unidad, más alianza y construcción política colectiva de este lado de la trinchera. El progresismo debe aspirar a mucho más que solo dos o tres diputaciones. El progresismo debe aspirar a gobernar, y gobernar implica mucho más que solo ganar la Presidencia de la República. Gobernar implica mayorías, implica tener ministros calificados y con claridad política en todos los ministerios, implica 29, 30 o 38 diputaciones, todos con esa misma claridad. Implica asesores en todos los despachos que sepan en qué dirección vamos, implica colocar mandos medios en las instituciones que quieran que el país camine. Implica llegarle a la gran mayoría de costarricenses, no solo a los que viven en las zonas urbanas acomodadas. Gobernar implica soñar y convertir ese sueño en política real.
Esto desde luego es muchísimo más ambicioso y no se logra con una campaña electoral, ni con los esfuerzos paralelos de cada partido. Se logra con un proceso largo y profundo de unidad de todas esas fuerzas que quieren construir una Costa Rica más próspera y justa. Y en particular siento que las personas jóvenes tenemos el enorme deber y responsabilidad de ponerle combustible a un esfuerzo como este y que tenemos el llamado a revolucionar la forma en que se ha hecho política en Costa Rica desde antes de que naciéramos. Costa Rica necesita más gente que sueñe y que sus sueños le alimenten lo que hacen.