Luis Alberto Muñoz

Luis Alberto Muñoz

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Viernes 9 Noviembre, 2012

Evidentemente la culpa de la pobreza no está en la vida, como hoy se quiere adoctrinar, mediante este tipo de argumentos de ingeniería social


Nación autocondenada

Es difícil no conmoverse ante la noticia que nos trae el reciente Estado de la Nación, en la cual se desnuda la inequidad y cuyo rostro son los más de 481 mil niños en Costa Rica que no cubren sus necesidades básicas cada día.
De todas las cifras del informe, esta es sin dudas la más dramática y desgarradora. Habría que hacer un gran esfuerzo para pasar por alto el dolor en nuestra niñez y adolescencia.
Por otra parte, me llama la atención la forma en que se ha divulgado la noticia, porque parece que en la agenda-setting nacional no se desaprovecha oportunidad alguna para adoctrinar entre líneas periodísticas.
Lo digo porque algunos de los argumentos esgrimidos son a todas luces contradictorios, y lo peor, le quitan fuerza a un tema sumamente importante, que no debería ser nota de un solo día.
En el despliegue “informativo”, primero se dice que las tasas de natalidad en los hogares pobres son más altas que en los demás; ergo, la existencia de más necesitados.
Luego se dice que debido al envejecimiento de la sociedad costarricense, los niños y adolescentes serán, por el contrario, un “bien” cada vez más escaso, dado que llegaremos a la baja proporción de un joven por pensionado.
Evidentemente la culpa de la pobreza no está en la vida, como hoy se quiere adoctrinar, mediante este tipo de argumentos de ingeniería social.
Considero más bien que el problema de la inequidad está en la falta de discernimiento en el funcionamiento del sistema democrático, que lleva a ver la verdad como un “producto” determinado por la mayoría y condicionado por los equilibrios políticos.
Y hago mención del discernimiento, pues como sucede se ejercita poco a la hora de abordar con objetividad y rectitud de la información, el uso de investigaciones u opciones económicas que repercuten en la vida de los más pobres.
Sin dudas, la pobreza de nuestra niñez es una herida nacional que merece un alto en el camino, una mayor acción y un rompimiento al silencio de la comodidad.
Aquella modernidad del Estado, que se autoproclamaba capaz de reducir la miseria, no solo no está dando los frutos esperados, sino que nos está autocondenando y deshumanizando.

Luis Alberto Muñoz