Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 17 Enero, 2009

ELOGIOS
Lo mejor de Costa Rica

Leopoldo Barrionuevo

Mis familiares y amigos, siempre me preguntan por Costa Rica por cuanto desde que llegué aquí hace 40 años tuve algo que ver con el turismo incipiente en una época de gloriosos pioneros como Otto Escalante, Quique Riba, Orlando Ramírez cuando creamos en Lacsa el programa de servicio (no la afortunada frase que lo enmarcó) “Nos encanta la gente”. Hacia 1970 me prestaron al ICT por dos años.
Yo me había iniciado años atrás con Avianca en Colombia y había aprendido las primeras letras para crear imagen turística de un país pero en Costa Rica recuerdo la frase que circulaba toda vez que intentábamos desarrollar el concepto: “No somos un país de destino como Panamá o Guatemala, ya que estamos en el medio de Centroamérica, con escasos vuelos y solo nos destacamos por girar alrededor de un Teatro y un volcán”.
En Lacsa bregábamos por competir con los Boeing de Panamerican de las 3 de la tarde y lo hacíamos con Bac One Eleven, un verdadero despropósito que desapareció cuando investigamos a fondo todo el sistema y descubrimos que las únicas ventajas competitivas eran: la simpatía y la cordialidad de los ticos (las azafatas gringas no sabían sonreír); las ventajas del idioma (las de Panamerican por entonces no hablaban español); cobraban los tragos a un dólar o dos la botellita; no permitían los corrillos en los pasillos del avión; si describían detalles del viaje lo hacían sólo en inglés… Fue fácil ser distintos aunque a veces el pasillo se volvía un poco caótico en Lacsa y más de uno bajaba en silla de ruedas, porque a la llegada siempre había alguna disponible para los que se pasaban de tragos. Lo cierto es que daba gusto volar en Lacsa.
No es extraño que a uno le pregunten por este pequeño país que encontró en la industria sin chimeneas, su verdadero destino productor de riquezas.
Mi prima Lidia Biscardi llegó con una amiga a disfrutar de sus vacaciones dos días antes del drama del Poás y después de hospedarse en el Hotel Balmoral, en las primeras horas de la mañana del desastre, ya habían comenzado a enamorarse del paisito cuando se sentaron a almorzar se inició el baile que en un principio les divirtió por lo inesperado y lo desconocido que les resultaba en un acontecimiento en el que carecían de experiencia.
A poco se inició el susto con los remezones de las réplicas sísmicas y a medida que llegaba la noche y sin agua, todos se negaron a dormir en los buses, así que tuvieron que hacerlo a la intemperie y con frío, adheridas y pegadas a otros turistas para contagiarse calor.


Por la mañana y sin caminos, mientras algunos, asustados emprendían caminatas interminables, ellas aguardaron los helicópteros que como es lógico dieron prioridad a los heridos; demoraron un poco porque algunos avivados pretendían cobrar $1.600 el corto viaje o bien, $700 por persona.
Algunos lo pagaron porque estaban asustados. Fue la única mancha de un día inolvidable y me parece un hecho miserable y antipatriótico, aunque no hayan sido solamente ticos algunos de esos ejemplares que nunca faltan en la escoria de la raza humana.
Sin embargo, al llegar a San José, la agencia de viajes les propuso devolverles el dinero si querían regresar, el Hotel Balmoral las recibió con flores y frutas en la habitación, las colmaron de atenciones y con un día de atraso continuaron con su paseo. Ellas y otros turistas fueron reporteados, la totalidad tuvo una inmejorable opinión de la gente de este país y no interrumpieron sus vacaciones.
Ahora tendrán mucho que contar en sus sedes y por más que pensemos que este evento nos perjudicó, gracias a gente humilde, solidaria, desprendida, Costa Rica seguirá siendo un paraíso turístico de hermosos paisajes pero por sobre todo, de gente maravillosa cuya calidez y cariño ya estaban presentes hace poco más de 35 años cuando en Lacsa apostamos al programa “Nos encanta la gente”: lo más valioso del país era y es el encanto de los ticos.

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