Magíster Luis Fernando Calvo
Instituto Tomás Moro
En estos últimos tiempos, de fragor electoral anticipado, ha vuelto al ojo público la cuestión de las doctrinas políticas, y con particular intensidad la siguiente hipótesis: es posible asumir una postura liberal en lo económico y conservadora en lo social. La tesis no es novedosa pero sí que es relevante, por lo que quisiera aportar mi grano de sal a la cuestión.
El conservadurismo se puede entender solo desde una lógica reaccionaria, es decir, como una reacción contraria a la Revolución Francesa. Sería Edmund Burke quien lideraría la manada anti-revolucionaria con su texto seminal “Reflexiones sobre la Revolución Francesa”, en el cual criticaría el pensamiento abstracto y deductivo de los filósofos liberales que, con sus ideas, incendiaron Francia, produjeron el Terror y obligaron a cientos de miles de personas, según el decir de Rousseau, a ser libres aún sin quererlo.
Burke, por ejemplo, se opone a la democracia propia de los liberales franceses y se opone también a la visión de propiedad privada que emana de la Declaración de los Derechos del Hombre. El pensamiento de Burke es claramente inductivo (de esto es muestra su aprecio del common-law) contrario al racionalismo ilustrado de los franceses y además, a diferencia del pensamiento de Rousseau, principal inspirador revolucionario, es anti-individualista, porque concede a la sociedad humana y las pequeñas asociaciones (que llamaba pequeños pelotones) un valor primigenio y un carácter social fundamental como garantes de la sabiduría práctica. Esta cosmovisión es esencialmente opuesta a la cosmovisión liberal, pues el liberalismo concibe tan solo al individuo y el conservadurismo es ante todo asociativo, policéntrico. No podríamos olvidar, a modo de ejemplo y siguiendo el argumento hasta las últimas consecuencias, la noción thatcheriana que expone que la sociedad no existe, tan solo el individuo.
Pero, en cuanto a diferencias, ¿cómo olvidar el contractualismo de Locke o de Rousseau, tan distinto al de Burke? El de Burke es intergeneracional, el de Locke y Rousseau es individualista. El contrato para Burke es una deuda con los que nos precedieron y una obligación con los que nos sucederán; esto para Locke y Rousseau es inexistente: el contrato es un pacto de individuos que crea, por convención y oportunidad, la sociedad.
Alguno podría invocar la distinción entre el liberalismo francés, a la Rousseau, y el británico, a la Locke. Esta distinción es en parte artificiosa, pues la influencia de Locke es claramente patente en la visión de propiedad privada de la Declaración de 1789, así como la visión de Derechos Humanos que emana del mismo. Burke se opondría frontalmente a la doctrina de los Derechos Humanos en abstracto, propios del pensamiento lockeano, pues para él, los derechos del hombre están siempre en relación con su historia, su contexto, sus tradiciones y costumbres. Tiene derechos la persona en particular, pero no podemos pretender una tesis universalista de los derechos del hombre, según Burke. La trilogía lockeana, de suyo minimalista: vida, libertad y propiedad, no tiene cabida en el pensamiento conservador de Burke.
Hay diferencias entre tradiciones liberales, esto es cierto, pero el núcleo duro del liberalismo descrito supra está presente, tanto en Locke como en Rousseau.
¿Es posible la fusión del liberalismo con el conservadurismo? Sí, es posible, pero sacrificando una u otra. Esto es precisamente lo que ha sucedido en Estados Unidos, en donde sectores conservadores han decidido abandonar la alianza liberal-conservadora y han iniciado un movimiento denominado post-liberalismo o conservadurismo del bien común. Este movimiento reconoce que es imposible buscar un sentido trascendente de la existencia bajo una visión liberal de mercado, que el mercado y el Estado, bajo sus dimensiones actuales, son intrusivos y lesivos de la sociedad y de la familia y que no es posible proponer una visión del bien común bajo el materialismo liberal (o marxista por cualquier duda). Para fusionar ambas perspectivas, como sucede en cualquier alianza, el liberal o el conservador deben ceder y esto, históricamente, se ha hecho en detrimento de los intereses sociales del conservador.
En vez de seguir estos derroteros, convendría proponer una visión anclada en la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), que parte de una correcta antropología y que logra balancear adecuadamente el bien personal y el bien común. La DSI ha probado su valía en Costa Rica, pues a ella, y los actores políticos y sociales de la década de los años cuarenta del siglo pasado, debemos la gran reforma social que ha hecho grande a Costa Rica. Este pequeño país tiene una alta esperanza de vida y un muy buen desarrollo humano, comparable con países desarrollados con niveles de producción nacional (medidos por el PIB) significativamente más elevados. ¿Cómo logramos que Costa Rica tenga una esperanza de vida comparable con la de Estados Unidos con niveles de producción tan disímiles?
La respuesta, señores, hay que buscarla en las Garantías Sociales y en la doctrina social que la inspiró.





































