Leyendas volcánicas
En la leyenda, el lugar se indica con precisión; los personajes son personas determinadas, y sus actos tienen un fundamento que parece histórico con cualidad heroica y mágica.
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Amor, venganza, celos, muerte, fuga y hasta un etnocentrismo –entendido como los miembros de un grupo étnico creyéndose superiores a otras etnias- hacen parte de las leyendas indígenas costarricenses que dan la luz a dos de nuestros volcanes.

La leyenda es parte del folclor narrativo popular, y se refiere a algún suceso maravilloso irreal, con algo de realidad, destacando héroes, heroínas de la Patria, seres mitológicos, almas en pena, seres sobrenaturales. Se trata de hechos en los que simplemente se creen, sean fantasía o realidad.

La leyenda sirve, para enseñar qué se debe hacer o no, se transmite oralmente porque es la forma que el pueblo utiliza para manifestar su expresión creativa, el pueblo no la escribe, “la cuenta, la canta, la recita”, dice el compilador Elías Zeledón en “Leyendas costarricenses”.

Cuenta una de esas leyendas sobre una pareja de enamorados que se sentaron a la orilla de un riachuelo. Ella, hija de un cacique; él, un guerrero perteneciente a otra raza. Se prometieron amor eterno desafiando la tradición de sus respectivas etnias.

En la aldea de ella destaca el apoteósico templo al dios Sol, con la permanente tea encendida en su honor. Los vecinos de la aldea comen carne asada y beben chicha de maíz. Cada noche es un jolgorio.

El cacique fue informado por el sacerdote principal sobre el amorío de su hija. Enfurecido, el padre se dirigió al dios Sol, a gritos suplicó castigo contra el guerrero y su hija, por no obedecer sus mandatos sagrados. Y ¡el dios lo escuchó!

En su omnipotente puño tomó a la mujer y la estrelló contra el cielo, convirtiéndola en una nube. Pero no tocó al guerrero, quién más tarde murió de soledad, jurando alcanzar a su amada.  Tuvo un entierro con honores y ritos de guerrero digno de sus méritos y rango.

La noche de su entierro la tumba se abrió como vientre que da vida a una montaña. Surgió el imponente volcán Irazú.

Creció hasta ser envuelto por una blanca nube que hasta hoy lo cubre. Es su amada. Se cumplió la promesa de amor eterno.

Otra leyenda de nuestros indígenas cuenta la historia de Cira, hermosa joven de 15 años, hija también de un cacique.

Una tarde de verano Cira se incrustó en la selva y le dio la noche. Se perdió y los rayos de la luna confundían los caminos de regreso a casa. Se quedó dormida bajo un árbol.

Un hombre, de distinta raza, la encontró y la aprisionó entre sus brazos. Se enamoraron.

En la tribu de Cira había confusión, la flora y la fauna lanzaron un grito de alerta. Su padre, el Cacique se fue a buscarla. Todos los indios con sus arcos listos iban detrás de él. Cuando encontraron a Cira, listos para lanzar flechas en contra de los enamorados, la tierra se abrió y se tragó a la pareja. De aquel boquete comenzó a salir una columna de humo permanente.

Los conquistadores españoles llamaron aquel humo “torre-alba”, luego, los habitantes de la región cambiaron ese nombre por Turrialba.  Y así nace lo que hoy conocemos como el volcán Turrialba, cuyas explosiones de humo y ceniza, quizá, son reflejo de las chispas de amor entre aquella mujer y aquel hombre de razas distintas.

 

Carmen Juncos y Ricardo Sossa

Editores jefes y Directores de proyectos

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Fuente: Zeledón, Elías. “Leyendas costarricenses”. Copilación. Ed. Euna. Heredia, 2011.

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