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Viernes, 24 de septiembre de 2021



COLUMNISTAS


Lecciones de Afganistán para América Latina

Miguel Angel Rodríguez marodrige@gmail.com | Lunes 23 agosto, 2021


Los cuadros dantescos de la salida del ejército de Estados Unidos de Afganistán no pueden ser más conmovedores. Los desgarradores videos de las personas que intentan huir agarradas al fuselaje de un avión que levanta vuelo y que pierden su vida al caer, son testimonio del terror que vive una parte de la población afgana ante el retorno del dominio talibán. Ya eran razones suficientes para que nos duela lo que vive Afganistán la posibilidad de que regresen las normas extremistas de la sharía que violan la libertad y la dignidad de las mujeres, la posibilidad de que protejan movimientos terroristas en su territorio, la pérdida de vigencia de los derechos humanos y de un esperado camino hacia la democracia.

Afganistán es una nación muy pobre. Con más de 7 veces la población de Costa Rica su PIB es una tercera parte del nuestro. Se estima que un 90 % de su población vive bajo la línea de pobreza de $2 por día. Un 75% de su gasto público y un 40% del PIB son financiados con recursos externos. Pero a la par de ello hay una enorme economía ilegal (drogas y otras mercancías) y los talibanes se han financiado con el cobro por la movilización ilegal de bienes producidos internamente o procedentes de países vecinos.

Los resultados que ha producido la salida de los gobiernos que hace 20 años invadieron Afganistán son peores a lo que se podría haber imaginado. El Talibán controla hoy mayor territorio que en 2001 cuando lo invadieron y tiene mucho más y mejor armamento con lo capturado al ejército afgano. Afganistán vuelve a los talibanes y queda con una ganancia muy limitada y muy amenazada después de esta larga presencia extranjera.

No sé si era posible terminar esa guerra de mejor manera. Ni discuto que era necesario terminarla. No sé si un retiro más paulatino, conocido de previo y con facilidades para que abandonaran su país las personas que habían colaborado con los ejércitos extranjeros, hubiera provocado aún mayores multitudes incontrolables en su desesperación por huir de los talibanes. El Presidente Biden señaló: algunos afganos no quisieron irse antes, pues todavía albergaban esperanzas con respecto a su país. … el gobierno afgano y sus partidarios nos desalentaron de organizar un éxodo masivo para evitar que se desencadenara, como dijeron, “una crisis de confianza”. Pero es difícil no considerar un acto indefendible la manera como se abandonó a los aliados.

Para mí es evidente que el final de esta larga guerra reitera la futilidad de pretender imponer una cultura democrática por la fuerza de las armas.

No era concebible que los EEUU dejara de perseguir a los organizadores de la barbarie terrorista contra las Torres Gemelas del 11 de setiembre de 2001. Perseguir a Osama bin Laden y a Al-Queda que habían causado la muerte de 2.966 personas en su territorio era un imperativo para ese país. ¿Pero era razonable incurrir en los enormes costos de esa larguísima guerra? Han muerto cerca de 2.500 soldados norteamericanos, 1.100 de países socios en la coalición, 70.000 del ejército afgano, se estima que 50.000 personas civiles y se han gastado unos $2 millones de millones. (unos 35 años de producción de Costa Rica)

Los resultados para la política internacional de los EEUU también son muy negativos: ¿Qué confianza podrán tener sus amigos ante la evidencia de su abandono a los aliados kurdos en la lucha contra ISIS en el norte de Siria en 2019 y ahora a los afganos que enfrentaron a los talibanes?

Es claro que el problema surge desde sus inicios. La lucha contra Al Qaeda de 2001 no tenía que convertirse en el intento de imponer un estado democrático centralizado y unitario a un conglomerado de comunidades con lealtades localistas y tribales, en una topografía disgregada, con una compleja composición étnica y situada en una zona geográfica que ha sido por siglos teatro de confrontaciones violentas. La cultura cuenta.

La democracia occidental y el estado de derecho se han venido desarrollando durante milenios de avances y retrocesos y descansan en una cultura que surge incluso de elementos azarosos. Ni siquiera en nuestro hemisferio americano, cuna de la primera democracia moderna, ha sido posible imponer la democracia. Basta el ejemplo de los reiterados intentos fallidos en Haití.

No creo que los EEUU estarán convidados a nuevas incursiones militares para imponer la democracia después de esta dolorosa tragedia afgana y de la participación del Presidente republicano George W Busch que inició una guerra generalizada en Afganistán, del Presidente demócrata Obama que incrementó la participación militar, del Presidente republicano Trump que negoció una salida con los talibanes sin acuerdos en protección del pueblo, de los colaboradores, ni del gobierno aliado de Afganistán y del Presidente demócrata Biden que ordenó el retiro militar que produjo la caída del país en manos de los talibanes en 10 días, de lo que expresa sorpresa a pesar de haber sido señalado como una posibilidad por sus órganos de seguridad.

Con esta experiencia y las de Vietnam, Irak, Siria y Líbano parece difícil que se vuelva a considerar de interés para los EEUU iniciar guerras para imponer su modelo de gobierno. El Presidente Biden señaló en su discurso de la semana pasada que no lo harán para defender los derechos humanos.

Esto significa que Cuba, Venezuela y Nicaragua solo podrán recuperar las libertades de sus ciudadanos si tiene éxito la lucha interna con apoyo diplomático y moral de los demócratas del mundo.

Este desdichado final de la intervención de EEUU en Afganistán y las frustrantes luchas de los pueblos cubano, venezolano y nicaragüense por recuperar su libertad, también nos deben crear conciencia -a los costarricenses y a todos los latinoamericanos- de lo difícil y costoso que es recuperar una democracia. Los ciudadanos debemos defender la integridad de los procesos democráticos, la vigencia de las instituciones del estado de derecho, la eficiencia de los gobiernos y la rectitud de las políticas públicas y de los políticos. Es muy difícil rescatar la democracia liberal cuando se pierde.

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