Carlos Denton

Carlos Denton

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Miércoles 21 Octubre, 2009


La teología de la prosperidad


Siempre ha habido casos de habitantes de los precarios, desamparados, sin buenos ingresos, y con una vida sumamente difícil, que vieron una mejoría en su situación cuando se convirtieron en evangélicos. Pasaron a formar parte de una congregación de vecinos similares a ellos y muchos dejaron atrás los vicios, enderezaron su vida familiar, y lograron cierto nivel de bienestar económico. En muchos casos la congregación llegó a convertirse en una familia extendida para el convertido.
La iglesia evangélica, además de suministrar algunas de las necesidades espirituales de los miembros, también daba otro tipo de apoyo; si un miembro quería trabajar en su casa haciendo uniformes escolares quizás le prestaban para comprar la máquina de coser. Si otro quería poner una soda, el dinero para comprar una cocina podría venir también de la congregación. Hay muchas historias de familias y personas que se levantaron a través de su trabajo, su vida disciplinada, y el apoyo de alguna congregación evangélica pequeña.
Pero ahora ha aparecido algo diferente en el medio evangélico que se llama la “teología de la prosperidad.” Los feligreses reciben enseñanza que enfatiza que más dinero que dan a la congregación y la mega iglesia evangélica a que pertenecen, más recibirán después. El feligrés no tiene que trabajar más, o poner un negocio o invertir; nada más tiene que donar dinero a la iglesia y pronto recibiría tres, cuatro, diez, veinte veces más de lo que ha puesto en manos del pastor, y algunos allegados al mismo.
No puedo cuestionar las enseñanzas de fe en general de estos movimientos, pero sí el énfasis que se da en la importancia de “donar dinero.” El diezmo es cualquier cosa; en estas iglesias se espera que el feligrés done por lo menos dos veces ese monto, y el cálculo se hace sobre el monto recibido por el miembro de la congregación antes de la rebaja de cualquier impuesto sobre la renta.
Y hablando de impuesto de la renta, sería interesante saber cómo se reportan estos ingresos, aunque más importante es saber si el dinero regresa en ayudas a los feligreses.
Todas las iglesias, incluyendo la católica, piden dinero de sus miembros y están en derecho de hacerlo. La católica tiene la ventaja de recibir, además de las donaciones directas de sus creyentes, recursos del Estado. Pero es inusual que lo solicitan más como una “inversión” que una donación. En las mega iglesias, practicantes de la teología de la prosperidad, al donante le dicen que todo se le devolverá multiplicado en sus dimensiones. Es mejor que la lotería, porque en esta última no hay garantías
La gran pregunta es ¿qué dicen los pastores de estas iglesias cuando llega un feligrés para reclamar que no se le ha devuelto el dinero “invertido?” La respuesta probablemente sería “seguramente ha estado pecando y por eso no le ha llegado la retribución monetaria. La solución es dar más y dejar de pecar.”
En el pasado la gran recompensa la recibía el creyente en la vida después de la actual; así enseñaban los sacerdotes y los pastores. Pero si uno participa en una iglesia de la teología de la prosperidad, es posible recibir retribuciones ahora mismo.

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