La mansión de los muertos
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La mansión de los muertos

 

El alemán Guillermo Peters es el administrador de la finca “La Caja”. Junto con su esposa y cinco hijos, habitan una mansión victoriana de dos plantas y 433 metros cuadrados. Sus pisos de madero guanacasteco parecen hechos de espejo, el brillo que contienen es una segunda piel pegada a la madera.

El propietario, también alemán, Otto Hubbe, ha confiado administrar las 700 manzanas de terreno para cultivo del café a Peters, quien fuese calificado por La Tribuna  del año 1933 como “el padre del café”.

La propiedad se extiende del río Virilla al Torres. De este último se toma el agua “conducida por una tanquía y zanjas provistas con compuertas y rejas de hierro”. La mansión carece de electricidad.

Son las velas, luz en candilejas, las que iluminan las noches de lectura y custodia de Peters y sus hijos.

Durante una reciente remodelación, luego de ser declarada Patrimonio Arquitectónico de Interés Cultural por el Ministerio de Cultura en 1989, se descubrió una pileta, enchapada con mosaicos españoles que cubren los corredores externos. Estaba escondida bajo el piso. Probablemente se utilizó para almacenar agua.

Durante la restauración, dos inexplicables túneles que conectan con el exterior se unen al descubrimiento casi arqueológico. Se desconocen sus usos.

Enciende la controversia la afirmación de la historiadora Grace Prada, quien asegura que la mansión fue construida en 1903, sin embargo, al cambiar el cielo raso se encuentra una tabla autografiada por el constructor, como era costumbre a inicios del siglo XX, y fechada el 12 de octubre de 1912, tambaleando así  la fecha legítima de la construcción.

Poco importan a los Peters esos detalles. Ellos disfrutan del vaivén de los jornaleros, a quienes tratan con gran dignidad y respeto, los niños alemanes asisten a la escuela con aquellos de los “labriegos sencillos”; los distinguen únicamente tres cosas: una blancura casi invisible de sus pieles, el rubio de sus cabellos y, sobre todo, el uso de zapatos. El resto de los niños van descalzos. Para igualarse, aquellos rubios casi invisibles, se quitan los zapatos al salir de casa. Son felices en “igualdad”.

Guillermo se sorprende del gentío desconocido que entra y sale de su casa, tomando fotografías con modernas cámaras que ni él ha visto en Alemania.

Estos “intrusos” se pasman  al ver en las fotos tomadas retratos de lo que pareciera son fantasmas, imágenes difusas que no están al momento de tomar la foto.

Hoy, mientras doña Sonia Oviedo Flores limpia la casona, escucha un dulce “hola” rozando su oreja... No hay nadie más que ella. Dice estar acostumbrada. Se ríe, mostrando la humildad que subestima el entendimiento de las psicofonías que arriman a su oído. Ella sabe que todos los Peters han muerto ya. De aquella familia original no queda uno vivo.

Por ser alemán, Otto Hubbe fue expropiado durante la administración de Calderón Guardia, cuando su gobierno le declaró la guerra a Alemania, Japón e Italia, en 1940.

La casona luce hoy con el mismo esplendor de 1915, cuando llegó el señor Peters con su familia. Todos, o algunos, siguen aferrados a la hermosa casa, pero desde otra dimensión.

Quizá ya se acostumbraron a “vivir” entre los vivos. No creo que extrañen la siembra del café, esta ha sido sustituida por el cultivo del conocimiento en miles de estudiantes que pasan por las aulas que hoy alberga aquella hacienda: se trata de la sede del Instituto Nacional de Aprendizaje (INA), en donde el cultivo del grano de oro ha sido reemplazado por el oro cultivado en el intelecto de los estudiantes.

Probablemente, los niños Peters hasta asistan a clases con sus nuevos compañeros; esta vez, sin quitarse los zapatos.

 

Editores jefes: Carmen Juncos y Ricardo Sossa / [email protected][email protected]

 

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