Rodolfo Piza

Rodolfo Piza

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Jueves 1 Diciembre, 2016

Nos toca ahora organizarnos y arrimar el hombro para apoyar a los costarricenses afectados y ayudarlos a atender sus necesidades (...) Pero, sobre todo, a demostrarles que es posible recuperar la esperanza y confiar en nuestra solidaridad

La solidaridad debe continuar

Cientos de miles de compatriotas, en distintas zonas del país, han enfrentado y enfrentan una emergencia nacional. El temor, la incomunicación, la desaparición de seres queridos, la pérdida de vidas y de bienes, los golpean.

Las imágenes de dolor, angustia, impotencia e incertidumbre nos golpean las pupilas y el corazón. A ellas debemos responder con la razón. No basta con darles un “like”, ni mucho menos alardear de solidaridad.
Admiro especialmente a la gente que, en el anonimato, comparte con los damnificados, apoyándolos con víveres, implementos sanitarios, agua, medicinas, trabajo físico, apoyo económico, logístico, psicológico y espiritual (no solo de pan vive el hombre).
No es tiempo de recriminaciones ni de promover divisiones, sino de acciones. Debemos felicitar, sin mezquindad alguna, al Presidente, al Gobierno, a la Cruz Roja, al Instituto Meteorológico Nacional, a los bomberos, a la Comisión Nacional de Emergencias, a los comités locales y municipales, a Caritas, a las iglesias y grupos religiosos, a las organizaciones comunales, a las empresas y a todos los costarricenses de buena fe, por su trabajo y apoyo en los momentos más difíciles.
Nos toca ahora organizarnos y arrimar el hombro para apoyar a los costarricenses afectados y ayudarlos a atender sus necesidades, a proteger sus vidas y su salud, a sus familias, sus animales, sus casas, sus bienes. Pero, sobre todo, a demostrarles que es posible recuperar la esperanza y confiar en nuestra solidaridad.
Frente al caos de la cooperación, es necesario asignar responsables y padrinos de cada uno de los albergues y de las acciones de rescate. Que cada grupo político, social, comunal o religioso, y que cada empresa, entidad pública u organización, se haga responsable de un albergue o de una tarea específica y que focalicemos nuestros esfuerzos según zonas o comunidades. No se trata de atacar los problemas con perdigones, sino con acciones dirigidas y coordinadas.
No basta con ayudar en los albergues o en las acciones inmediatas. Es necesario que las personas afectadas puedan volver pronto a sus trabajos, a sus quehaceres, a sus familias, a su vida cotidiana.
Toca ahora la reconstrucción. Pasados los momentos álgidos de una emergencia, donde los seres humanos estamos alertas y nos entregamos con pasión a la solidaridad, sigue la cotidianidad, donde los dolores se nos hacen invisibles y tendemos a olvidar nuestros compromisos de apoyo. Tan importante como el trabajo durante la emergencia y en los días posteriores donde las prioridades son inmediatas, es que podamos organizarnos para ayudar en la reconstrucción de los caminos, de las casas, de los parques, de los edificios públicos o de bien comunal.
Que podamos acompañar a los compatriotas en sus temores, en sus enfermedades y en sus angustias. Ayudarles a recuperar sus trabajos o a encontrar nuevas tareas.
Confiemos en Dios y trabajemos juntos por nuestro país y por la gente que hoy más lo necesita.