Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 31 Enero, 2009

ELOGIOS
La edad

Leopoldo Barrionuevo

La edad es una de las más controvertidas aventuras que padecemos en este vivir que la madre ha prestado, porque a medida que transcurre va produciendo cambios psicosomáticos lentos y profundos en el ser que intentamos alcanzar.
Mente y cuerpo evolucionan desparejamente y tratan de convertirse en la flecha lanzada al espacio en busca de esa felicidad a que tenemos derecho, pero que es dura de alcanzar y difícil de mantener por lo volátil y efímera.
En estado fetal vivimos en un paraíso que será después perdido y el llanto acompaña al parto para definir que esa transición es dolorosa, inesperada e implica la primera partida desde lo profundo del vientre materno, esto es la madre tierra a la que retornaremos ignorando, muchas veces, si valió la pena el viaje.


De niños penamos para alcanzar la adolescencia, que muchos hacen derivar de adolecer (causar dolor) ignorando que adolecer, caer enfermo o padecer defectos equivale a lo que en español antiguo era dolecer (enfermar). En cambio adolescente proviene de alescere, que es crecer, por derivar de alere que significa alimentar, crecer. En consecuencia, no hay tal cosa como “crecer con sufrimiento”, porque la adolescencia como paso a la juventud genera la ansiedad por ascender en la escala de edades pero no es ni más ni menos traumática que otras edades (a no ser por las espinillas).
Cuando somos adolescentes soñamos con la mayoría de edad para ser adultos, tener libertad y tomar decisiones, aunque esto último se ha adelantado en los tiempos que corren, porque más que correr, vuelan. Siempre ignoramos la clase de berenjenal en que nos vamos metiendo porque es la edad de “sentar cabeza” en la que aparecen incesantes, las obligaciones y las responsabilidades.
La edad madura es la de las dudas, cuestionamientos e interrogantes: retornamos a los infantiles cuatro años cuando preguntábamos por qué acerca de todo lo que nos rodeaba, es la edad de la segunda ignorancia, en la que nos consideramos inadecuados, frustrados; intentamos re-ligarnos con Dios buscando paliar los miedos a la vida, a los errores, al más allá y se recurre o no a la religión, pero en todo caso, se busca apoyo en esos años dorados y nos invade la nostalgia, del griego “nostos” regreso y “algos” sufrimiento, es decir, “dolor causado por el no regreso, por lo perdido, por la ausencia”, También añoranza y portugués “saudade”, en gallego “morriña, y “homesicknes” en inglés, algo así como “sufrir por el terruño lejano”.
Con la tercera edad también queremos cambiar de época y desearíamos regresar a la juventud o sea, nunca estamos conformes y marchamos desfasados en el tiempo y pocas veces logramos que coincidan nuestros profundos deseos con la marcha del tiempo.
Nos duele el cuerpo, se sublima el alma y vivir se ha ido constituyendo en una sabia experiencia que nos bendice espiritualmente, pero no es la edad de retirarse, no hacer y aguardar la muerte, por el contrario, es la edad de la creatividad, de ir a la búsqueda de los sueños no alcanzados y de ser por primera vez el que somos, el que debimos ser y postergamos, el que convive consigo mismo, el que ama sin reclamar reciprocidad y el que se ama y comprende que sólo así se tiene en el alma un capital de amor que debe brindarse, tan solo porque todo el amor está en nosotros y hay que prodigarlo porque no forma parte de ningún testamento: es para ya.
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