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Jueves, 15 de noviembre de 2018



COLUMNISTAS


La economía de la migración

Leiner Vargas [email protected] | Martes 21 agosto, 2018


Reflexiones

La economía de la migración

La migración es un fenómeno global que tiene profundas consecuencias, positivas en su gran mayoría, sobre las sociedades receptoras. La migración nos recuerda que vivimos en una casa común y que es imposible segmentar en estratos a la primera, la segunda o la tercera clase. Vivimos en una aldea común y somos parte central de ese ecosistema. Intentar obviarlo o evitarlo puede tener mayores consecuencias que la integración. Si bien a corto plazo, pueden darse algunas incomodidades sociales asociadas con la adaptación de los ecosistemas donde los migrantes acuden, a mediano y largo plazo la migración, adecuadamente planificada y estructurada, tiene efectos positivos para las sociedades receptoras.

Empero, las condiciones del país receptor no son inmunes a los desequilibrios en la gestión de los migrantes, tampoco son prudentes el desordenado ingreso y la ilegalidad de los actores migrantes. Como decían los abuelos, “en río revuelto, ganancia de los pescadores”. No se trata de “dejar hacer o dejar pasar”, es necesario garantizar condiciones mínimas para evitar que temas como la salud, el empleo, la atención educativa o de la seguridad ciudadana se vean colapsadas. Resolver el problema migratorio no necesariamente pasa por construir muros o paredes que eviten el verlos o tenerlos, por el contrario, requiere  una acción sustantiva del Estado y de la comunidad internacional. Mantener el orden, la paz social y garantizar los derechos humanos a los inmigrantes es un tema crucial, al mismo tiempo que se educa y se transfieren las normas de convivencia del país receptor, elemento central para integrar a los migrantes a su nueva realidad.

La educación es la medida más económica para captar a los migrantes y asegurarles un espacio en la sociedad. Nada de guetos, nada de esquinas, nada de xenofobia, mucho menos, nos podemos permitir la violación de sus derechos humanos o las ofensas indignantes que escuchamos en la Merced o en las redes sociales. Los países requieren planificación, recursos, apoyo de la comunidad internacional. Es ahí donde la nobleza y la grandeza de un país se multiplica y permite que en una o dos generaciones tengamos totalmente integrados a los migrantes y podamos decir, con orgullo que son nuestros como el gallo pinto.

Costa Rica no solamente es un país receptor neto de migrantes, el principal receptor per cápita de América Latina en las últimas décadas, sino que es un país que recibe una amplia gama de nacionalidades. Solo basta con visitar nuestras costas y observar el multicolor de nuestros hogares, nuevos idiomas y cultura, nuevas normas y religiones, nuevas formas de ver el mundo que van desde la comida hasta la música que escuchamos.

Ahora bien, un migrante legalmente recibido y en condiciones mentales apropiadas puede ser de gran valor para la economía del país. No solo es un trabajador en potencia sino también un consumidor que apoya la economía nacional. En términos económicos, la edad y la condición de los migrantes determina un efecto neto positivo al país, es esencial no permitir la ilegalidad o la clandestinidad de los migrantes. Evitar a toda costa el abuso económico o laboral, favorecer rápidamente el retorno a sus condiciones de normalidad en lo educativo, integrarlos a los beneficios y los pagos de la seguridad social. La migración no necesariamente debe verse como un fenómeno perverso, es una oportunidad y depende esencialmente del país receptor el aprovechamiento de dicha oportunidad para convertirla en una fortaleza y no en un problema.

La migración desbordada y sin control o la ilegalidad permanente, lleva al deterioro social, la xenofobia y a desintegración social entre los migrantes y la sociedad receptora. Evitar que lo segundo suceda, es una labor integral que debe dirigir el Estado y que en lo fundamental requiere un esfuerzo público en seguridad, educación, salud y asistencia social; pero, sobre todo, se requieren una comunicación efectiva y transparente con la sociedad y un adecuado control. Debemos recordar que cada uno de nosotros es o ha sido alguna vez en su generación pasada un migrante, interno o externo en este hermoso país. Ciertamente, resulta difícil conocernos y confiar en quienes están al lado, aún más lo es, para quienes llegan desde un entorno social o político conflictivo. Paz, armonía, confianza y una actitud positiva ante lo diverso deben ser nuestro legado en estos momentos.

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