Ira política convierte al color rojo en un peligro en Brasil
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 Raquel Varjão, una publicista profesional de San Pablo, acababa de buscar a su hija de siete años en la escuela cuando tres conductores que pasaban la insultaron. La ofensa: vestir una camiseta roja.
“Sintieron que tenían derecho a agredirme verbalmente y en frente de ella”, dijo la madre de 35 años que recientemente usó el color asociado al Partido de los Trabajadores, de la presidenta Dilma Rousseff. “¿Por qué los desacuerdos ideológicos tienen que llegar a este punto?”.
La saga del juicio político contra Rousseff está perturbando el ritmo de la vida cotidiana en todo Brasil, un país con una historia en gran parte pacífica y políticamente tolerante desde que volvió a la democracia en 1985.
En bares, salas de chat y sobre todo en la calle, el debate sobre su posible destitución está volviéndose cada vez más hostil y llevando a la superficie divisiones partidarias y de clase latentes.
“El país está polarizado”, dijo Ricardo Ribeiro, analista político en la consultora empresarial MCM en San Pablo.
En el epicentro de la crisis están las acusaciones de corrupción contra la administración y los legisladores y una nueva generación de brasileños hartos de la corrupción.
Para empeorar el ánimo colectivo, el país atraviesa la peor recesión en al menos un siglo, la cual está amenazando a una incipiente clase media en la economía más grande de América Latina.
La suerte de Rousseff quedó aún más en duda el martes, cuando el Partido del Movimiento Democrático Brasileño, el más grande del país, abandonó formalmente la coalición gobernante.
Se planean manifestaciones a favor del gobierno para este jueves en Brasilia, San Pablo, Río de Janeiro, Belo Horizonte y Porto Alegre, tras las marchas contra el gobierno que atrajeron a millones de personas hace tan solo algunas semanas.
Incluso para quienes no tengan interés por la política, elegir el color equivocado sin darse cuenta puede meterlos en la refriega.

 


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