Rodolfo Piza

Rodolfo Piza

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Miércoles 18 Marzo, 2015

La confianza se puede recuperar, pero el Gobierno debe darle prioridad a ello y cambiar de actitud


Generar confianza, no temor

En el terreno de la política se ha afirmado que “es mejor ser temido que ser amado”. Así lo planteó Nicolás Maquiavelo en “El Príncipe”, hace más de 500 años: Surge de esto una cuestión: si vale más ser amado que temido, o temido que amado.
Nada mejor que ser ambas cosas a la vez; pero puesto que es difícil reunirlas y que siempre ha de faltar una, declaro que es más seguro ser temido que amado… los hombres tienen menos cuidado en ofender a uno que se haga amar que a uno que se haga temer... No obstante lo cual, el príncipe debe hacerse temer de modo que, si no se granjea el amor, evite el odio, pues no es imposible ser a la vez temido y no odiado…”.
Aunque no lo comparto, puedo entender que en las campañas políticas algunos recomienden seguir a Maquiavelo en este punto, pero ¿habrán de hacerlo como gobernantes? Creo firmemente que no, que dados a la tarea de gobernar, es esencial que los gobernantes (el Presidente, el Ministro de la Presidencia, el Ministro de Hacienda, etc.) inspiren confianza, no temor.
La confianza no es un tema de mayorías o de cuántos apoyan o rechazan a un gobernante. Es algo más complejo. La mayoría de la población puede momentáneamente apoyar a un Presidente, pero si los sectores económicos y sociales dejan de confiar en la gestión gubernamental, la cosa acaba poniéndose color de hormiga.
Por ejemplo, si los emprendedores y las empresas no confían en el gobierno de hoy o del que vendrá (por aquello de las “expectativas racionales”), las inversiones disminuyen, las contrataciones de personal se ralentizan, el desempleo aumenta y, con él, también lo hace la pobreza; y entonces, no habrá programa de inversión pública ni de ayuda social o de becas, que pueda compensar el estancamiento o el deterioro económico y social.
La confianza empresarial es más volátil que la del consumidor y muchísimo más que la del votante, aunque solo fuera por aquello de que “no hay nada más miedoso que un dólar”.
A este propósito, la clave no está en sentarse con los partidos políticos, las cooperativas, los sindicatos, las cámaras o las asociaciones (aunque ello sea recomendable). La clave no está en llamar a los líderes sectoriales y garantizarles seguridad o hablarles de grandes planes gubernamentales.
La clave está en que las acciones del Gobierno generen confianza y seguridad jurídica: que el déficit fiscal, el endeudamiento público o la inflación no se disparen, que se respeten las garantías sociales, que no se atisben cambios impositivos radicales, que no se levanten vetos añejos, que se flexibilicen los permisos y las contrataciones laborales, que la libertad, la propiedad y los contratos sean respetados, etc.
La confianza se puede recuperar, pero el Gobierno debe darle prioridad a ello y cambiar de actitud. Perdido el cariño de los votantes, la tarea ahora es garantizar la confianza. Con ello, si no se granjean el amor, al menos evitarán el odio.


Rodolfo E. Piza Rocafort