Pedro Oller

Pedro Oller

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Martes 8 Diciembre, 2009


Fracaso


Para quienes vivimos el fútbol y no por él o de él, cuesta trabajo a nivel sentimental el fracaso en ruta al Mundial de Sudáfrica 2010. Mas no a nivel racional: el desacomodo de todo el proceso, hacía pensar a cualquier persona medianamente inteligente, que el desenlace vivido era esperado.
No obstante, es sorprendente el que —ante la claridad de los hechos, la tropelía de decisiones al calor del momento, la carencia de planificación— la palabra fracaso no logre materializarse.
Seguramente, porque fracaso conlleva responsabilidad y el asignar o asumir esto último, cuesta un duro. Y en Costa Rica, ha devenido en inexistente.
Un filósofo hindú de apenas 28 años, pero una lucidez impresionante ha sentenciado que “El fracaso de la filosofía anterior es esencialmente el fracaso de no visualizar lo evidente” (Joshi Kedar).
¿No es ese también el fracaso de nuestro entorno, de nuestros dirigentes, de nuestros supuestos responsables?
Cuando la Federación Costarricense de Fútbol tomó la decisión de contratar por entrenador para los dos últimos (fueron cuatro) partidos de clasificación, a un encantador de serpientes, el propósito era más por levantar la presión que cernía la opinión pública sobre su ámbito que conseguir la clasificación.
Cuando el objetivo no se consiguió, como era previsible, luego de un periplo de un presidente y tres entrenadores, todos afines a él, la palabra fracaso escapó completamente de su vocabulario. También la sensatez y las implicaciones derivadas.
No sorprende pues, que a su regreso al país tras la derrota en El Salvador, en lugar de asumir responsabilidades, según trascendió en los medios de comunicación, Li endosó culpa al anterior entrenador Kenton, escogido por él. Don Rodrigo por su parte, tampoco logró enfrentarse al fracaso escogiendo responsabilizar al Campeonato Nacional. Simoes por telegrama, simplemente regresó a su país sin dar la cara y aduciendo la necesidad que el país tiene por un proceso de cuatro años, palabras necias para oídos sordos de quien vino, cobró y se fue.
Ni Cerqueira ni Myers pudieron hacer lo diferente y enfrentarse a la realidad del fracaso. Recurrieron a lo mismo de siempre, sin la valentía de enfrentar lo inevitable porque (como aconsejaba Baltasar Gracián): “(T)an gloriosa es una bella retirada como una gallarda acometida”.
Lo mismo sucede a nivel de gremios, de instituciones, de Gobierno central, de justicia, de leyes y de personas. Entramos, antropológicamente —quizás don Alberto Cañas o don Arnoldo Mora puedan darnos luz del cuándo—, en una época de irresponsabilidad frente al fracaso que nos ha maleado como país y que no arroja luces de esperanza.
Como bien dice Coelho: “Sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar.” Añadamos también, el miedo de hacerle frente y de aprender de él.