Luis Alberto Muñoz

Luis Alberto Muñoz

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Viernes 24 Octubre, 2008

El patrón oro

Luis Alberto Muñoz
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Costa Rica no tiene los grandiosos museos de Europa, Louvre, Rijksmuseum, Prado, Pergamon, por mencionar algunos.
Sin embargo, la herencia más importante trasmitida de generación a generación, desde los tiempos anteriores a Colón son los reductos de bosque primario de este país.
Conocer espacios de la naturaleza, santuarios por los que no ha pasado la destrucción del hombre es un privilegio inimaginable para la mayoría de los habitantes de este planeta.


Tal vez este sea el legado más valioso que se pueda dejar a los costarricenses del mañana.
Nuestros antepasados, a diferencia de otras culturas, mantuvieron una entrañable relación de respeto con la naturaleza, como parte de una cosmovisión integral y no unidimensional de explotación del entorno.
Pese a sus yerros y lo simple de su cultura, lograron establecer una verdadera convivencia sostenible con su ambiente.
Al menos no convirtieron ríos y mares en cloacas, ni montañas en basura y su aire se podía respirar.
No es que ahora todo esté mal, más bien hay que tener la valentía de admitir que nuestro modelo de vida está equivocado.
Los desordenados auges inmobiliarios en las costas son un ejemplo de que no muchos piensan hoy en el mañana.
Tampoco se trata de condenar al país a no desarrollarse.
Por el contrario, se trata de definir qué es desarrollo, con todo lo que hoy precisamente sabemos que no se debe hacer.
Las tortugas, ranas, felinos, aves, corales en peligro son una alerta para los líderes de esta sociedad, y nos indican a todas luces la amenazadora actitud en el rumbo que mantenemos.
Es posible que la tan buscada y anhelada identidad del costarricense se encuentre en su conciencia respecto a la naturaleza, más que en su corta historia de colonización tras la búsqueda del oro.
Hoy en un país de aparente legalidad son las cortes y tribunales quienes asumen la desafiante tarea de definir la manera en que tratamos nuestro frágil ecosistema.
Una reducida visión legalista de la vida tiene, sin embargo, el ámbito suficiente para terminar con una milenaria herencia, que poco a poco hemos demostrado como sociedad no ser capaces de preservar.
Construyendo nuestra ambición fuimos destruyendo el futuro.