Miguel Angel Rodríguez

Miguel Angel Rodríguez

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Lunes 14 Noviembre, 2016

Condiciones económicas como el crecimiento de la desigualdad y mayor incertidumbre causan resentimiento que se puede canalizar hacia el populismo

El deterioro de la racionalidad colectiva
 

Para analizar los resultados de la acción humana en sociedad ha resultado muy conveniente suponer que las personas actúan racionalmente tratando de obtener lo que les conviene.

Es claro que partir de este supuesto no implica afirmar que en cada ocasión se da, pero sí que ocurre con tanta frecuencia que su uso nos permite obtener conclusiones que reflejan con bastante exactitud los resultados del conjunto.



En la conformación de las decisiones sociales que no surgen del libre accionar individual sino de la formación de acuerdos del conglomerado, es difícil suponer la racionalidad individual frente al tema mismo que se debe resolver.

Veamos. Se trata de elegir presidente. Yo soy uno de los millones de votos cuya suma va a determinar el resultado. Actuando racionalmente me pregunto: ¿Qué influencia tiene mi voto en el resultado? ¿Cuánto tiempo debo dedicar en consecuencia a estudiar los programas de los partidos, la vida de los candidatos, los problemas que les tocará enfrentar? ¿Me reporta mayor beneficio ver el partido de fútbol o la película que escuchar una disertación sobre cómo contratar a los maestros para que sea mejor la educación para mis hijos?
¿Cuáles son otros argumentos que determinan la decisión del elector?

Voto por tradición familiar, por la influencia de amistades, por mi enemistad con un líder local del otro grupo o por mi amistad con el vecino que porta mi bandera, por resentimiento o por rencor, o por el lema o la canción que más me atrae, por el bloguero que me resulta más convincente o por los insultos en las redes sociales.

Pero a pesar de eso la decisión colectiva puede ser racional, en el sentido de que prevalezca la alternativa que tenga mayor posibilidad de satisfacer los intereses de la mayoría de los votantes.

Ese resultado se obtiene si quienes deciden votar por motivos diversos se distribuyen sin sesgos entre las alternativas, y resultan en un número similar en favor de cada una, y los “votos ilustrados” (los de quienes sí hacen la tarea de bien informarse) son entonces los que definen los resultados.

Estos “votos ilustrados” definen los resultados no solo por su propio voto sino principalmente por su influencia en los votos de los demás. Ese es el efecto del liderazgo.

Pero ¿qué ocurre cuando se pierden la autoridad y el liderazgo? ¿Cuando no se cuenta con votos informados o seguidores de votos informados que determinen el resultado?

La autoridad en el hogar se diluyó, en mucho para bien de niños y mujeres y bienvenido sea ese cambio. Pero ello facilita la pérdida general del respeto a la autoridad y el conocimiento de otros, cuyas visiones más bien atizan el resentimiento. Si desde niños todos tenemos los mismos derechos a pesar de la diferencia de conocimientos, experiencias y roles (¡qué bueno!) luego no atinamos a respetar la autoridad y los conocimientos de quienes en el pasado fueron líderes de opinión (¡qué malo!).

Los resultados del Brexit y la elección del presidente Trump me parecen indicar que se da esa circunstancia. Pero ella también es aparente en los resultados obtenidos y proyectados para los partidos populistas en América Latina y en Europa.

Por supuesto que condiciones económicas como el crecimiento de la desigualdad y mayor incertidumbre causan resentimiento que se puede canalizar hacia el populismo, y que de igual manera actúan cambios culturales como el convivir y temer a los inmigrantes que sentimos pone en riesgo nuestras certezas y tradiciones, y como la pérdida de prestigio de los valores personales. Pero la pérdida de fe en los líderes sociales me parece un factor digno de tener en cuenta.

¿No es esto algo que hemos venido también observando en nuestro país, promovido desde hace años por algunos medios de comunicación y líderes políticos de la antipolítica?