Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 4 Abril, 2009

ELOGIOS
El barrio

Leopoldo Barrionuevo

Soy de Buenos Aires, del Sur del barrio de Flores, el que de pibes nos negábamos a aceptar que era el Bajo de Flores, un barrio que nació sobre finales de los años veinte, las “casitas baratas” del barrio Varela con la Avenida Campana, después Quirno Costa, Avenida del Trabajo y hoy Eva Perón.
Mi barrio agrupaba en muy pocas cuadras el Hospital Piñero, la Quema de basuras y el Cementerio de Flores con la parroquia Santa Clara y los clubes armenio, hebreo, libanés y de provincianos unidos. En él se hablaban pluralidad de idiomas y dialectos incluidos gallego, calabrés, napolitano y en la cantina dominaba el cocoliche que era el italiano mezclado con español.
Eran años bravos los del treinta cuando nací en el Centro Gallego, allá por Balvanera, además internacionalmente difíciles porque la extranjería estaba dividida política e ideológicamente, en especial los españoles de la República y franquistas, los fascistas y unos cuantos pro nazis, aunque en el barrio no hacían mucha bulla porque los criollos no lo permitían.
Estábamos alejados del centro, como a 70 cuadras pero contábamos con un excepcional servicio
de transporte público en que competían tranvías, colectivos, ómnibus y subterráneos, estos últimos construidos en los años diez, mientras los taxis eran escasos y se convertían en colectivos para paliar la crisis de los treinta, además la enseñanza era obligatoria y gratuita con mate cocido y marroco (bollo de pan) para los que iban al cole sin desayuno, además había bibliotecas públicas en cada barrio y los textos de estudio se conseguían usados.
En la calle Varela, los negocios, el mercado y los innumerables cafés y billares hacían las delicias de jugadores, noctámbulos, conversadores y tangueros. Había pocas calles asfaltadas y muchos potreros donde las mejengas florecían por doquier. No faltaba el vigilante de la esquina pero también patrullas de Ford 36 negros perseguían a los maleantes que se refugiaban en la inmensa laguna que llegaba hasta Pompeya y que la Quema hizo desaparecer tras un relleno de basura quemada por más de 30 años. Hoy está allí el estadio de San Lorenzo, el nuevo gasómetro que se perdió en remate que ganó Carrefour.
Desde 1930 no había democracia, la que fue ocasional hasta la guerra malvinera hacia 1983 cuando tuvieron que dejar el gobierno y Alfonsín inició una etapa. Quedaron atrás años de fraude, populismo, oprobio y crímenes.
Era difícil que saliéramos del barrio que además, lo tenía todo. La sociedad estaba instalada en ese caserío que fue creciendo y también perdiendo su encanto. Atrás quedaron los bailes con música de la radio en las calles y cuando las asfaltaron, el club de barrio donde una vez al año actuaban Troilo, Pugliese, D’Agostino y Vargas, Di Sarli, D’Arienzo y Caló, a peso la entrada (si no ibas de traje y corbata no entrabas).
La televisión no nos contaminó porque no existía y la música del norte estaba ocupada en una guerra que no nos alcanzaba. El fútbol era la otra gran pasión y las figuras de entonces eran insuperables.
Eramos tan felices con tan poco que no nos dimos cuenta del momento en que las cosas cambiaron y nos fueron mutilando los sueños.

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