Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 28 Julio, 2010


Hablando Claro
Egoísmo sano (I)

Que a usted le recomienden una buena dosis de egoísmo para mejorar su condición anímica, dígase emocional, espiritual e incluso física, podría parecer un despropósito en un mundo plagado de egoístas, ególatras y egocentristas. ¿No le parece?
No en vano se nos educa para rechazar todo aquello que pueda parecerse al egoísmo y valoramos muchísimo su opuesto: el altruismo; una conducta que implica sacrificio personal por el beneficio de los demás, hacer el bien sin mirar a quien y amar al prójimo como a sí mismo.
Como a sí mismo. Ese es el punto. Que nadie puede hacer el bien, llevarse bien con los demás (muy a propósito de varios artículos que ha publicado LA REPUBLICA últimamente sobre los jefes insufribles) si no se valora sanamente; es decir si no se quiere a sí mismo. En otras palabras, ningún ser humano que no tenga un proyecto de vida orientado a su realización personal integral puede sentirse bien consigo mismo y por tanto con los demás. Dicho de otra forma, ninguna persona verdaderamente feliz puede hacer daño a otros.
Y para ello es necesario, entre otras cosas, ser un egoísta sano. Debe uno ocuparse de atender con mucho énfasis sus ilusiones, sus proyectos, aunque también sus miedos y temores, lo cual no es nada fácil y nos lleva muchas veces a preferir volcar todas nuestras atenciones sobre las necesidades de los demás como una forma de rehuir la confrontación con el espejo de nuestra vida. Es mucho más fácil decir y justificarme que no he cumplido mis metas por décadas postergadas porque estoy entregada a los demás, que enfrentar el hecho de que no tengo metas, o que teniéndolas, carezco del arrojo, la fuerza de voluntad, el coraje, la fortaleza interna necesaria para poder alcanzarlas.
Los especialistas Richard y Rachel Heller, dicen “el egoísmo sano consiste en respetar las propias necesidades y sentimientos aunque los demás no lo hagan. Sobre todo si los demás no lo hacen”. Según ellos, uno no puede respetarse a sí mismo en la satisfacción de las propias necesidades y sentimientos si tiene una baja autoestima que, entre otros efectos adversos, mueve a la persona a hacer todo cuanto pueda por los demás con tal de ganarse su aprecio o al menos su aprobación. Algo así como recoger migajas por el camino de la vida…
Es mejor por supuesto encarar el desafío de la propia existencia con una buena dosis de egoísmo sano y derivar de la mejora de nuestro proyecto de vida, una alta retribución no solo propia sino para quienes conviven con nosotros. ¿Cómo hacer esa inversión? Continuaremos.

Vilma Ibarra