Economía mundial necesita más acción, no más palabras
La economía mundial está débil, y los inversores de todas partes están nerviosos, analizaron los grandes economistas del G20 en su reunión. Bloomberg/La República
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 Los ministros de economía y los presidentes de los bancos centrales del Grupo de las 20 grandes economías terminaron su reunión en Shanghái este fin de semana con las habituales promesas de apuntalar la economía mundial. Resolvieron adoptar todas las medidas adecuadas (y ninguna inadecuada).
Es un ensalmo conocido. Lo que se necesita son algunas acciones que acompañen a estas palabras repetidas incesantemente.


La economía mundial está débil, y los inversores de todas partes están nerviosos. A Estados Unidos le va relativamente bien… pero solo porque las perspectivas son muy malas en otros países.
Gran parte de la Unión Europea está estancada. La recuperación de Japón tambalea.
El temor a un agravamiento de la desaceleración china no se ha calmado. Muchas economías de mercados emergentes se ven castigadas por la caída del precio de las materias primas.
El crecimiento del volumen del comercio mundial muestra atonía.
En enero, el Fondo Monetario Internacional nuevamente rebajó sus proyecciones de crecimiento de la producción mundial al 3,4% este año y 3,6% el que viene. Dice que pronto probablemente haya otra revisión a la baja.
¿Se puede hacer algo para mejorar este panorama sombrío? De hecho, sí. Se necesitan dos tipos de políticas: una que sostenga la demanda y otra que impulse la oferta potencial.
Desde el punto de vista de la oferta, la dificultad es más política que económica. Los gobiernos deberían estimular la competencia eliminando la excesiva regulación, en especial de los mercados laborales, y redoblando sus esfuerzos para bajar las barreras al comercio y la inmigración.
Los tratados comerciales como el Acuerdo Transpacífico de Asociación Económica y la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión deberían concluirse y ponerse en vigencia como si la necesidad fuera urgente… porque la necesidad, como prueba el tibio crecimiento del comercio, no podría serlo más.
Siempre hay resistencia a este tipo de reformas, y unas perspectivas económicas menos prometedoras la fortalecen.
Este círculo vicioso de pesimismo es evidente por dondequiera que se mire, sobre todo en  Estados Unidos. Romperlo depende de los gobiernos, que deben defender la causa del crecimiento.
Aumentar la demanda plantea un problema distinto. En muchos países, las tasas de interés han sido rebajadas a cero –y en algunos casos, a menos de cero-. Los bancos centrales también compraron bonos en una escala enorme, política que no puede ampliarse más de manera segura. La política monetaria tiene un alcance limitado.
La respuesta es la política fiscal. El tipo indicado de estímulo fiscal opera sobre la oferta y la demanda simultáneamente.
Las rebajas de impuestos y la inversión en infraestructura elevan el gasto y amplían el potencial productivo al mismo tiempo.
En algunos países, obviamente, un aumento del endeudamiento público sería imprudente porque plantearía dudas sobre la sostenibilidad de la deuda pública. No es el caso de  Estados Unidos (ni de Alemania, aunque su gobierno diga lo contrario). Otros países también tienen margen fiscal para rebajar impuestos y realizar nuevas inversiones públicas, y el costo del endeudamiento actualmente es tan bajo que el precio de la política es de ganga.



 


 


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