Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 21 Enero, 2009

Hablando Claro
Democracia mancillada

Vilma Ibarra

Si al menos pudiéramos aducir sorpresa, seguro tendríamos algún margen para pensar en una salida viable y al menos un tanto decorosa para la democracia. Pero no es así. En la política nicaragüense, tristemente, cada vez que se da un paso es para hacer retroceder el país entero hacia el abismo. La frágil institucionalidad democrática recibió el viernes pasado un golpe certero en pos de las incontenibles aspiraciones y los personalísimos intereses de dos individuos que —revestidos de caudillos— sellaron con una nueva estratagema el décimo aniversario de un pacto maldito que quién sabe adónde habrá de conducir a nuestros hermanos.

Y si algo de estupefacción puede alegarse a la salida a la crisis política urdida desde la mente retorcida de uno o de ambos, es que exista tal grado de menosprecio por la institucionalidad democrática que un día —por cierto no muy lejano— los nicaragüenses creyeron haber recuperado a tan alto costo y después de tantos años de dictadura. Pero ni la sangre y menos aún entonces la voluntad popular importan nada a Daniel Ortega y Arnoldo Alemán. Y por eso, desde la complejidad de la crisis doméstica que se produjo junto con el burdo y documentado fraude electoral del 9 de noviembre, había que asestar un golpe al menos en apariencia “definitivo” a las repercusiones locales e internacionales que esa burla a los comicios provocó. ¿Cómo hacerlo cuando no había dudas del fraude y cuando prácticamente todos los sectores del país y los representantes internacionales clamaban por el recuento de los votos o incluso por un nuevo proceso electoral? Sencillo. Dándole un golpe mortal al enfrentamiento político y el consecuente entrabamiento legislativo que por dos meses mantuvo paralizado el Congreso.

Y claro está que cuando la institucionalidad no vale un duro, los poderes se amalgaman, no existe Estado de derecho como nosotros lo conocemos ni nada que se le parezca, cualquier cosa es posible. Y lo fue. Derogar una condena en firme de 20 años de cárcel (que por lo demás Alemán no cumplía) por los delitos de corrupción y lavado de dinero fue cuestión de un plumazo. Y limpiada la hoja delincuencial por parte nada más y nada menos que de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, no pasaron ni tres horas para que “se desentrabara” el Congreso, se abriera la sesión, se eligiera un nuevo directorio legislativo (orteguista, por supuesto) y se dispusiera la vía para proceder en cualquier momento con la anhelada reforma constitucional que le permitirá a Daniel quedarse en el poder cuando se le termine esta primera parte de su segunda edición.
Antes, por supuesto y como era de esperar para calmar las agitadas aguas de la legítima indignación que hace eco en muy diversos sectores de la sociedad, Ortega salió anunciando su primer paquete de medidas económicas anticrisis. Ofreciendo, en parte con el respaldo que le insufla su protector y mentor político suramericano, el dinero de otros hermanos que también están viendo empeñar su patrimonio democrático en la desquiciada aventura de proyectos dizque políticos que solo entienden los iluminados que los enarbolan, aunque que cada vez se desprestigien más por sus hechos.

Por ventura, nos llega una fuerte brisa de esperanza de la América del Norte. Porque aquí en nuestro entorno, Nicaragua está herida una vez más. Y Latinoamérica también.