Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 18 Noviembre, 2009


Hablando Claro
De impresentables…

Claro que resulta difícil de digerir. Que un comentarista deportivo uruguayo —Julio Ríos de Radio Sport— con ínfulas de conocedor de mundo (que no representa para nada la muy bien ganada fama de educados y cultos de los charrúas) nos insulte con un sinnúmero de adjetivos, argumentando que somos un país “impresentable” por feo, por atrasado, por inculto y obviamente por nuestro pobre desempeño futbolístico, nos hace reaccionar con indignación. ¿Es que acaso este señor no sabe que solo nosotros tenemos derecho a serrucharnos el piso y no queremos ni necesitamos que nadie venga a decirnos cuatro hiperbólicas verdades o tremebundas mentiras o fabricadas versiones de lo que somos y lo que no? No señor Ríos; a otros lares con sus diatribas porque nosotros muy bien sabemos que así como el papel aguanta lo que le pongan, el micrófono soporta lo que le espeten.

Dicen que un partido de fútbol convierte en chusma a cualquier persona por educada que sea. No lo dudo. Aún más, dicen que si el partido es crucial —como los eliminatorios— todo se vale. Y es ahí donde los insultos de Ríos me pusieron a pensar: ¿será por lo trascendente de la jornada que todos perdemos un poco —o mucho— la perspectiva? ¿Será por eso que algunos en su afán de armar un escandalillo se atreven incluso a reproducir la burda ilustración de seres humanos con cara de canes? Y ante eso —–nosotros, periodistas de micrófono y pluma no nos airamos, no reclamamos ni chistamos. Está dicho: es porque solo y exclusivamente solo nosotros como ticos tenemos derecho de serruchar pisos, de denigrar y mancillar honras ajenas (familias incluidas).

En el imperio del derecho de la libertad de expresión eso es legalmente válido. Pero no es periodismo. No como yo lo aprendí en los principios básicos de este noble oficio que reclamamos con estatus de profesión, pero que denigramos con nuestras acciones de todos los días. Y no lo denigramos solo porque les pongamos cara de canes a los cuerpos de unos jugadores. Lo hacemos de muchas maneras: con las imágenes de mujeres que harían cualquier cosa por cambiar su condición, con el más terrible abuso de lenguajes vulgares y particularmente explotando sin compasión, respeto, ni pudor alguno las imágenes del dolor de las víctimas de la violencia, que unos insisten en mostrar todos los días tan despiadadamente.

De modo que no necesitamos de Julios Ríos que vengan a denigrarnos con sus particulares y torcidos enfoques. Tenemos bastantes colegas autóctonos haciéndolo todos los días. Sobrepasando con creces las artes difamatorias de los periodistas deportivos de México, Honduras, Uruguay o cualquier rival de turno. Y sin eliminatorias de por medio que los justifiquen.
La ética se ha vuelto un bien escaso en la práctica periodística. Los principios guías brillan por su ausencia. Las decisiones de publicación sin más, están enmarcadas en el valor supremo del rating, de la circulación. ¿Lo demás? Lo demás no importa o resulta tremendamente relativo…