Alberto Cañas

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Miércoles 6 Agosto, 2008

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

Aunque he decidido no hablar más sobre las presentaciones operáticas de la Compañía Lírica ni sobre su costo, que debería hacerse público, ni sobre el hecho de que tomaron dinero del que se destina al mantenimiento del Teatro Nacional para la puesta en escena, le debo a mi amigo Gonzalo Castellón algo que si no es una explicación se le parece mucho.
Lo de llamar Fausto la ópera que ahora llaman en los anuncios Faust, no es cosa mía. Siempre en español se la ha llamado así. Por otra parte, aunque casi todas las óperas son conocidas en el mundo hispánico con sus nombres originales (La Traviata, La Boheme, Cavalleria Rusticana, Don Pasquale, Don Giovanni), esa no es la regla.

El Barbero de Sevilla, El Rapto del Serrallo, La Flauta Mágica, Las Bodas de Fígaro, Los Maestros Cantores, El Oro del Rin, Las Valkirias, El Trovador, El Gallo de Oro, Un Baile de Máscaras, Las Vísperas Sicilianas, Los Pescadores de Perlas, Los Hugonotes, por no citar más, solo por su título español son conocidas entre nosotros. Y es curioso que entre ellas figuran las tres que se han derivado del drama de Goethe: Fausto, Mefistófeles y La Condenación de Fausto.

Y no quiero hablar más del asunto, no sólo porque únicamente he encontrado apoyo en Andrés Sáenz y, en un terreno contiguo, en William Venegas, sino también porque hay en todo esto de por medio personas de cuyo parentesco disfruto y no quiero poner en peligro una relación familiar profundísima que estimo por encima de todas las cosas.

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