Aventura Mercado
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Aventura en un mercado

 

La arquitectura de  un país refleja la identidad de su pueblo como manifestación colectiva ideológica, religiosa y política.

En 1880, las riendas del país las lleva el primer militar de carrera que llega a la presidencia de Costa Rica, don Tomás Guardia. Es en su gobierno que se construye este fascinante lugar que alerta sensorialmente al visitante. Nuestro fotógrafo lo retrata sigilosamente: es el Mercado Central de San José.

De inmediato, mi encéfalo percibe información enviada a los sentidos, sin que el barullo que nos rodea sea obstáculo para canalizarla en sensaciones vitales: huele a pescado, a pollo, a hierbas y a flores; huele también a santos, amor y muertos.

Es una madeja, paradójicamente ordenada por los sentidos, que se acrecienta cuando las endorfinas cerebrales son estimuladas por la bullanga, la interacción social con los transeúntes, los comerciantes y con la explicación del Ingeniero Ignacio Duarte, de la empresa Almada, responsable del bulevar que se construye a un costado del mercado.

De repente, esa burbuja mágica-sensorial en la que estoy, estalla: un albañil estrella contra el suelo una “chorcha” de asfalto, salpicando mi pantalón y zapatos; un automovilista me hace brincar cuando frena violentamente a mi lado, saca medio cuerpo por la venta y pregunta: “¿es usted periodista?” Respondo: “¡sí!”. “Necesito hablar con usted”, dice. Se baja del auto, uniéndose a la entrevista que sostengo con el ingeniero Duarte en medio de trabajadores, gritos, pitos y humo, confabulados con el ardiente sol que revienta venas…y nervios también.

Se trata del ciudadano Gilberto Flores Arias, su reclamo: los “acabados” del bulevar, así como las diferentes fachadas del mercado, reflejando un desorden en el mantenimiento de su arquitectura original; remiendos a los que el cronista de San José, Andrés Fernández, llama “tugurismo”.

Situación difícil de solucionar, con tan solo ¢3 millones que recibe el mercado anualmente de presupuesto ordinario, indica su director, José Roberto Campos.

Debo terminar la “accidentada” entrevista. Con pantalones y zapatos “estatuados” por el concreto ahora rígido, el fotógrafo Gerson Vargas y yo, avanzamos hacia un mágico “Macondo” de donde salen los olores de vida y muerte.

El valor patrimonial de este edificio no es arquitectónico histórico, sino cultural intangible por lo que sucede en su interior: “encontrar esa tortilla palmeada, ese fresco de mozote”; explica Fernández.

Observamos a doña Vilma Piedra, 82 años, vendedora de lotería hace 40, tiempo por el que ha ocupado el mismo sitio, la puerta #3 del mercado. Detrás de ella, se inmortaliza su conciencia: una pintura suya está estampada en el portón que custodia.

Una colorida gama de pétalos nos envuelve, junto con el carisma de Eduviges López, 56 años como vendedora de flores. Nostálgica, lamenta que hoy se venden más para funerales. En el pasado el motivo de compra era la “madre, la novia, la esposa; esos valores los ha borrado el tiempo”, dice. “¿No será que han sido sustituidos por otros artículos, como los tecnológicos?”, le pregunto. Su respuesta: “¡qué va mi hijito! Son otros tiempos, ahora las flores son mayormente para los muertos”.

Tal vez tenga razón. Quizá aquellas flores de amor que nuestros abuelos daban a sus esposas o madres, sea una práctica con igual destino que el de los muertos…enterrada.

Editores jefes: Carmen Juncos y Ricardo Sossa / [email protected][email protected]

 



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