Luis Alberto Muñoz

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Viernes 10 Octubre, 2008

Armagedón financiero

Luis Alberto Muñoz
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El pánico llegó a Wall Street.
La fe en el sistema financiero parece evaporarse con cada caída consecutiva del índice Dow Jones esta semana, que cerró ayer en el nivel más bajo de los últimos cinco años, 8.579 puntos.
Seis días sucesivos de sesiones bursátiles negativas en Nueva York sugieren un gran desafío a las medidas del gobierno estadounidense para detener la crisis.


Este comportamiento muestra que los inversionistas evalúan en mayor grado (de lo que pronosticó el propio mercado) la posibilidad de entrar en una recesión económica más severa.
Se podría hablar de un antes y un después de esta fecha. Muchos conceptos y teorías sobre el dinero, los mercados, el riesgo, la especulación están pasando por un periodo de descarte definitivo.
Como si se tratase del “Armagedón Financiero”, hoy los responsables de la desregulación son apuntados por muchos dedos.
La crisis de las hipotecas, que inundó el mercado de deuda tóxica, pasó inadvertida por los radares de las autoridades monetarias y bursátiles.
Sin embargo, la toxicidad no llegó al mercado por una especie de “generación espontánea” o casualidad.
Los hechos que llevaron a este periodo de oscuridad tuvieron que ver más con una desmedida asimilación del riesgo.
Los exóticos contratos que “protegían” a los inversionistas de las pérdidas, fueron estimulando poco a poco conductas más riesgosas que llevaron a la actual crisis financiera.
Me refiero puntualmente a los derivados, instrumentos “muy difíciles de entender cómo funcionan”, según George Soros; pero que a criterio de uno de sus principales promotores y defensores de su desregulación, Alan Greenspan, “ha sido un extraordinario vehículo de transferencia del riesgo, de quienes no deberían estar tomándolo hacia aquellos que están dispuestos de tomarlo y son capaces de hacerlo”.
La cantidad de activos “protegidos” por los derivados en el mercado estadounidense pasó de $106 billones en 2002 a $531 billones a mitad de este año.
El centro del problema de esta crisis es que aquellos supuestamente capaces de tomar el riesgo hoy ya no dan la cara.
En las propias palabras de Greenspan, “el problema no fue que los contratos fallaran, sino que la gente que los utilizó se volvió avariciosa”.
Por esta razón, mejor “acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben”.