El caso de Sony muy ilustrativo. A fines de los noventa, la empresa que había inventado el Walkman y dominado la música portátil durante veinte años se reorganizó en unidades autónomas, cada una con su propio resultado. Sonaba eficiente, pero las unidades dejaron de hablarse y comenzaron a competir entre sí. En 1999, en una feria en Las Vegas, Sony presentó no uno, sino dos reproductores de música digital incompatibles entre sí, creados por divisiones distintas que apenas sabían lo que hacía la otra. Tenía todas las piezas para inventar lo que después sería el iPod, y no pudo, porque las piezas estaban repartidas en cuartos que no se comunicaban. El futuro no cayó dentro de ninguna división: cayó en la grieta entre todas. Apple ganó esa revolución no necesariamente por mejor tecnología, sino por no tener esos muros.