Nuria Marín

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Lunes 2 Febrero, 2009

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Adiós Guantánamo

Nuria Marín

La base naval en la bahía de Guantánamo es pequeña en tamaño (116 kilómetros cuadrados) pero grande en controversia. Su misma génesis es ejemplo de ello. El derecho de arrendamiento, hecho luego perpetuo, es fruto de los términos para concluir la ocupación de Estados Unidos en Cuba luego de la Guerra Hispano-estadounidense (1898) según las condiciones establecidas en la Enmienda Platt (1901).
La base ha sido testigo y protagonista en las tensas relaciones entre Estados Unidos, Cuba y la antigua Unión Soviética, entre las que destacan la Revolución Cubana y el ascenso al poder de Fidel Castro, la Crisis de los Misiles (1962) o la crisis de los balseros durante la administración Clinton.
Su hora más difícil vendría luego de los acontecimientos del 11 de setiembre de 2001 al ser constituida por el gobierno de George W. Bush (2002) como un centro de detención destinado a retener los “enemigos combatientes” capturados en Afganistán y luego en Iraq.
En un lugar que técnicamente no es territorio de Estados Unidos, el gobierno creaba un limbo en donde los prisioneros no contaban con las protecciones de la Convención de Ginebra (marco legal para los prisioneros de guerra), la garantía del hábeas corpus ni el derecho al debido proceso.
Igualmente controvertidas fueron decisiones como la del ex fiscal general John Ashcroft de validar como legales, prácticas como el uso de asfixia simulada (waterboarding) en los procesos de interrogación o bien el rechazo a los prisioneros del acceso a la jurisdicción estadounidense, situación que dichosamente revirtió la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos.
El presidente Obama prometió una nueva era de respeto al derecho internacional y de defensa de los derechos humanos en donde la defensa de la seguridad nacional no atente ni riña con el resguardo de los más sagrados principios y valores de la nación.
No es producto de la casualidad que una de sus primeras directrices a pocas horas de asumir la presidencia fuese el cierre del centro de detención en un plazo de un año, las órdenes de revisión de los juicios de los acusados de actos terroristas y la prohibición de los métodos de interrogatorio equiparables a la tortura.
La implementación de dichas directrices no estará exenta de tropiezos. Habrá que definir temas como dónde y bajo qué marco legal serán procesados los casi 300 prisioneros, a qué cárcel se les trasladará, o bien a qué país se enviará a aquellos que sean liberados por falta de pruebas o cumplimiento de la pena. También, qué hacer con aquellos cuyos países de origen no otorguen garantías mínimas y terceros países no los acepten.
Independientemente de tales complejidades, Obama ha materializado su promesa de cambio con un elocuente símbolo. Ha ganado con ello una importante victoria en credibilidad, elemento esencial para la efectividad de su gobierno y la renovación del liderazgo de Estados Unidos en el mundo.