Emilio Bruce

Emilio Bruce

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Viernes 25 Noviembre, 2016

“Para hacer plenamente justicia a los demás hay que ponerse en su sitio, comprender sus razones y necesidades…”. Alberto Hurtado, sacerdote chileno

Sinceramente

Socialcristianismo. ¡El bien común!

Ya hemos comentado cómo la dignidad del ser humano y su posición central en toda organización social y económica, rodeado de libertad y de justicia, es un pilar fundamental del socialcristianismo. Hoy queremos intentar referirnos al segundo gran pilar de esa concepción política, económica y social: el bien común.
No es fácil definir el bien común, es quizás más sencillo intuirlo. Muchas veces el bien común puede afectar, limitar o condicionar al ser humano individual, centro de la creación, por lo que debe haber un delicado equilibrio entre ambos conceptos.


El bien de todos, el bien común a todos y la dignidad, así como la libertad del ser humano individual deben encontrar el equilibrio sin que el ser humano creado a imagen y semejanza de Dios sea disminuido o se vea subordinado a la masa, al estado, al partido, al líder o a la comunidad.
Si bien la libertad y la dignidad del individuo no pueden ser menoscabadas, también es cierto que las relaciones entre individuos deben ser de equilibrio, respeto, justicia y bien. Las relaciones no pueden ser despiadadas ni de explotación.
Así el bien común no resulta de la voluntad individual, pero tampoco el bien común es fruto de mayorías, ya que los valores humanos y la especial dignidad del ser humano están por encima de estos conceptos electorales. ¡El pecado no se transforma en virtud por votación mayoritaria!
El bien común pasa por el respeto al individuo. El bien común determina que los gobernantes respeten los derechos fundamentales e inalienables de este individuo. La comunidad debe permitir que los individuos realicen su vocación y ejerzan su iniciativa creadora. El bien común va a descansar en todas las condiciones que faciliten y permitan el ejercicio de la libertad del ser humano que es básica para desarrollar sus vocaciones y su naturaleza.
Corresponde a los gobernantes decidir entre los diferentes intereses individuales para proveer el bien común, y facilitar a todos lo necesario para que los seres humanos de esa comunidad tengan alimento, vestido, salud, trabajo, educación, cultura, información y condiciones para fundar una familia y criarla.
Finalmente es fundamental dejar establecido y recordar  los cuatro ejes en que se asienta indudablemente el bien común. El primer eje se define como las condiciones sociales de justicia, libertad y paz. Son la justicia, la libertad y la paz las bases de la convivencia productiva. En injusticia, opresión y guerra no es posible desarrollar una convivencia social provechosa. Cualquiera que falle desequilibra la base.
El segundo eje lo podemos visualizar como el conjunto de bienes materiales básicos, material educativo y valores éticos que permitan al ser humano su desarrollo. Sin casa, comida, transporte, educación, libre información y una robusta ética cristiana que permita diferenciar el bien del mal, que pueda orientar la promulgación de las leyes e inspirar la organización social, la cosa no va a funcionar. No puede haber una convivencia razonable en una comunidad como la nuestra sin que estén presentes todos estos elementos.
El tercer eje señala que no hay desarrollo, paz ni justicia si no hay equidad en el reparto de los bienes producidos en una comunidad. Las diferencias en la capacidad de producción generan a su vez diferencias en el ingreso recibido y en la riqueza acumulada por cada individuo. Si las diferencias se ensanchan el sistema colapsa. Un sistema que no sea proveedor de progreso para todos y que motive a todos en producción y vida no tiene más horizonte que el colapso.
El cuarto eje nos señala que ninguna comunidad puede vivir sin una organización social adecuada. Un sistema que guarde los procedimientos y las formas más que los objetivos y los logros va a colapsar. Un sistema que no tenga mecanismos decisorios claros y efectivos va a implosionar. Un sistema que permita que no se legisle a tiempo, no se construya a tiempo, no se eduque como se requiere, se gaste en lo accesorio y falten recursos para lo esencial se acaba.

Emilio R. Bruce
Profesor
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