Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 3 Febrero, 2010


Hablando Claro
Vivir en democracia #2

En octubre de 2007 acudimos a nuestro primer referéndum. Más allá del resultado, hoy nadie discute que aquella consulta reactivó el debate público, acercó a los ciudadanos a la política y en definitiva, dinamizó el sistema político. Probablemente pudimos haber sacado mayor provecho a esa experiencia de democracia participativa directa. Sin embargo, acaso porque parece que los ticos no terminamos de asignarle el verdadero valor a la democracia deliberativa permanente, probablemente no supimos aquilatar a fondo la experiencia de aquel proceso, que hoy por cierto, pareciera ya lejano.

El próximo domingo acudiremos nuevamente a las urnas. Otra vez en el ambiente privan —como en las semanas previas al referéndum y como en casi todas las campañas electorales que esta ciudadana es capaz de recordar— las opiniones generalizadas de que el debate no fue lo suficientemente profundo y que más bien, careció de suficientes ideas, enfoques, planes y programas provistos de seriedad y que, por el contrario, se impuso la democracia de las encuestas, la teledemocracia de los spots, los candidatos convertidos en productos del mercado, la consecuente debilidad de las organizaciones partidarias y un sinfín de críticas que, como decíamos la semana pasada, inclinan a un sector del electorado a convencerse que si los partidos y sus dirigentes nos han quedado debiendo, no tiene siquiera por qué cumplirse el mínimo deber ciudadano de acudir a las urnas.

¿Es acaso suficiente ese señalamiento para soslayar nuestra responsabilidad? No lo creo. Aunque es cierto que si la democracia está acusando déficits importantes de debate y deliberación, fundamentalmente es porque las divisas partidarias están en jaque por sus múltiples debilidades, todos somos corresponsables del estado actual de nuestra democracia. Para lo bueno y para lo malo. Lo digo como ciudadana, pero también como periodista. Porque si algo está claro hoy, es que tanta y tan clara es la responsabilidad de los partidos y los políticos respecto de la devaluación de la democracia, como la de los medios de comunicación que —siendo los vehículos a través de los cuales se socializa la política— hacen una limitadísima (y muchas veces sesgada y prejuiciada) apuesta en su agenda respecto de los asuntos de la política.

No es cierto que los ciudadanos seamos simples receptores pasivos, es que simplemente nos resulta más cómodo no asumir nuestras obligaciones. Mucho menos es cierto que el auto restrictivo papel de los medios de comunicación (especialmente de la televisión) deba limitarse a dar información política un mes o 15 días antes del día de las elecciones. La calidad de la democracia que tenemos la hemos signado todos. Por eso todos seremos responsables del resultado de las elecciones del próximo domingo. Aun aquellos que decidan que sean otros los que decidan por ellos.