Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 22 Abril, 2013

Las víctimas no deben ser anónimas y los asesinos no deben quedar impunes. Así en Estados Unidos como en Afganistán


Víctimas y asesinos: ¿públicos o anónimos?

Martin Richard era un pequeño de ocho años que junto a su familia disfrutaba del final de la Maratón de Boston. Una bomba anónima le arrancó la vida. Su madre tuvo que ser operada de una lesión en el cerebro y su hermanita de seis años perdió una de sus piernas.
En ese atentado sin sentido también murió Krystel Campbell, una joven de 29 años que disfrutaba del evento deportivo junto con su amiga Karen, que resultó herida de gravedad.


Una estudiante china también falleció en ese día soleado. Su familia no quiso que su identidad fuera revelada.
Varias fotos de Martin recorrieron el mundo. Incluso una de su escuela, donde el inocente niño muestra una pancarta pidiendo paz para el mundo.
En las redes sociales también se pueden observar las fotos de la simpática pecosa de ojos azules, Krystel, que según su mamá era una hija ejemplar, cariñosa y trabajadora.
De la tercera víctima no sabemos nada más que su nacionalidad y ocupación. No hay fotos públicas de su vida, ni de su muerte.
Puedo imaginarme a las madres de estas dos muchachas y a la del pequeño Martin y se me desagarra el corazón.
Pocos días antes de la explosión de estas horribles bombas caseras (y aún anónimas), el 6 de abril, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) bombardeó el este de Afganistán. Murieron una mujer y diez niños.
La Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad en Afganistán (ISAF) explicó que el objetivo de la operación militar era “atacar a los insurgentes” en una zona alejada de las poblaciones civiles.
Las pequeñas víctimas tenían entre dos meses y siete años de edad. No se han publicado fotos de ellos cuando aún vivían, jugaban, o eran felices. La única imagen que encontré de ellos en Internet es la de ellos muertos, uno al lado del otro. No parecían insurgentes.
Según medios de información internacionales este suceso no es una excepción: es casi una regla desde la ocupación de Afganistán. Y aunque la Organización de las Naciones Unidas (ONU) responsabiliza de la muerte de cientos de niños en ese país a los ataques aéreos de las fuerzas armadas de Estados Unidos, la organización no ha tomado ninguna medida.
Los muertos y heridos del ataque terrorista de la Maratón de Boston tienen nombres y apellidos: escuchamos las declaraciones de sus familias en CNN, nos duele observar las fotos de cuando estaban vivos y felices, nos ponemos en los zapatos de las madres y sufrimos. Los culpables no han sido identificados aún.
Los cientos de niños muertos en los bombardeos en Afganistán no tienen nombres ni apellidos. Ignoramos quiénes fueron sus padres, a veces podemos observar las fotos de sus cadáveres, no sabemos cómo vivían. Pero es nuestra obligación ponernos en los zapatos de sus madres y sufrir. Los culpables no son anónimos, no solo tienen nombres y apellidos: pertenecen a una organización avalada por la comunidad occidental.
Las víctimas no deben ser anónimas y los asesinos no deben quedar impunes. Así en Estados Unidos como en Afganistán


Claudia Barrionuevo

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