Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 3 Enero, 2008

Vericuetos

Tomás Nassar

En avión-Dos. A mí me cuesta más enfrentarme a un agente en el mostrador de aerolínea, que a mi propia suegra. Les tengo más reverencia que al mismísimo Monseñor y me ponen más nervioso que el dentista. No sé si intentar ser simpatiquísimo y llamarlos por el nombre de la plaquita: “hola fulano, diay, no ves, aquí otra vez y claro, siempre volando con ustedes soy un fiebre de Aerochunche”, o actuar con exceso de seriedad, intentando causar impresión de personaje de altos vuelos “buenos días señorita, sería tan amable, viajo a …”. Una sola mirada o una pregunta inquisidora para la que no estábamos preparados, nos saca de balance. “Vea, es que yo llamé y me dijeron que… es que yo compré el tiquete y en la agencia me …”; “qué raro, pero si el Gerente, o sea, su jefe, que es amiguísimo mío, me aseguró...”; “no se preocupe, si usted fuera tan amable y me diera un asientito más comodito, es que viera que me da orinadera… o me duele la espalda….o quiero ir junto a los güilas o la viejita…”; “sabe qué, machillo, vea a ver si me puede poner a la par de la mami esa que está en la fila….”.
La verdad es que ellos son los que deciden si vas o no vas y cómo vas; si llegás a tiempo a tu matrimonio, o al entierro de tu mamá, a la graduación de tu hija, o a la reunión de negocios. Si vas como un pachá pagando como cualquier cristiano o como cualquier cristiano, pagando como un pachá.
¿Seguro viajero? “Ta’loco. No llame a malaya”. “no ve qué filón en Migración. Jue… .y cuándo irán a arreglar esta vara?”. “No ve, solo dos maes atendiendo este gentío. Pero cómo es posible…. Una fila para güilas y el mae no quiere atender a los rocos. N’hombre, estamos jodidos en ese país”.
Lo que se llama “la nervia” es decir, el verdadero canilleo comienza ahora. Muy bien plantados en la fila. De nuevo, miradas displicentes alrededor como si “la cosa no es conmigo”.
Nos llega el turno. El policía de Migración nos mira a la cara, como examinándonos detenidamente y pensando: “de dónde habrá agarrado harina este polo pa’viajar”. La foto del pasaporte. Nueva mirada. Verificación visual foto-jacha, jacha-foto. “Feliz viaje”. Primer suspiro.
¡Me lo pone todo en la canasta, por favor! Los zapatos también. ¿Cómo? Ah no. Rápido repaso mental… tendrán huecos? Una sonrisa de yo no fui y pase, recoja sus cosas y póngase los zapatos. No sé cómo no huele más feo en esa zona. A los pobres oficiales deberían ponerles mascarilla, de esas de cirujano.
Una última repasadita a las tiendas libres, una que otra botellita para entonar, como si allá, donde vamos, no hubiera guarito. Cargar esa cajota por todo el aeropuerto, la aduana, el taxi, la verdad, no vale la pena. Unos chicles y a la sala de abordaje, siempre repleta. Bizco: un ojo al maletín, no me lo vayan a robar o a meter algo raro, y el otro a los pasajeros: el análisis crítico tico: “ojalá no me toque a la par de la gorda esa”; “mirá esos polos, quién sabe para dónde van”; “qué pinta la de esa gente más fea, seguro son deportados”.
Media hora antes, cuando ni siquiera ha llegado el aparato, a la fila. No vaya a ser que se nos vaya el chunche, digo yo, porque los asientos tienen número ¿o no?