Marcello Pignataro

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Lunes 26 Enero, 2009

Vacaciones

Marcello Pignataro

De hoy en ocho días mis dos hijos regresan al colegio y a la escuela. Un par de semanas después lo hará una enorme cantidad de niños y jóvenes. Cientos de miles de almas con ansias de aprender, estudiar y volver a compartir con sus amigos y compañeros.
Comentaba con familiares y conocidos, hace unos días, que las vacaciones de nuestras épocas no solo eran más duraderas, sino más llenadoras. Y aquí no se aplica el concepto de cantidad sobre calidad: salíamos el último viernes de noviembre (los que no teníamos que ir a convocatoria) y regresábamos hasta el primer lunes de marzo.


No existía nada de los 200 días, nada de la bonificación a profesores por dar talleres el último mes y, sobre todo, nada de salario escolar. Existía un periodo de tiempo más que aceptable para que los padres se recuperaran de las navidades y fin de año para poder hacerles frente a los gastos escolares.
Ninguno de mis compañeros de escuela y colegio resultó más o menos ignorante por no recibir menos de 200 días, ni tampoco recuerdo ver a ninguno de mis profesores más o menos triste porque no le pagaban una extra por enseñar. Todos (compañeros y profesores) resultamos medianamente normales, estables y felices. Lo pude comprobar el año pasado, en la reunión de 20 años de graduados. Algunos más gordos, más flacos, más calvos o con más aumento en los lentes, pero todos alegres y contentos.
Los días de vacaciones se nos iban en andar en bicicleta, las tradicionales mejengas (eternas, que terminaban “cuando empezaba a oscurecer”) y las curaciones nocturnas por parte de mi mamá, producto del trajín del día. Lo más cercano a un “mol” era el Centro Comercial de Guadalupe y, como el cable ni existía, nos aburría la televisión.
A no pocos de nosotros nos matriculaban en cursos de verano (creo que, en mi caso, solo me faltaron clases de violín) y siempre aprovechábamos el tiempo al máximo (aun aquellos que, como yo, nos gustaba dormir un poco más de la cuenta).
Ahora no acaba uno de medio acomodarse a la cada vez más empinada cuesta de enero, cuando nos damos cuenta de que ya van de vuelta a la escuela.
Nunca he sido –—ni seré— partidario de los famosos 200 días de clases, ni de la bonificación que se les paga a los maestros por trabajarlos. Cantidad no necesariamente (de hecho, casi nunca) refleja calidad. Podemos hacer mucho en poco tiempo y viceversa.
Al igual que se han eliminado las innecesarias pruebas de sexto grado y noveno año, convendría que el señor Ministro de Educación analizara si, verdaderamente, vale la pena mantener el programa de los 200 días salvo, diría yo, que los programas educativos se adecuen a ese periodo de tiempo y no se dediquen los últimos 60 o 90 días a dar talleres para pintar uñas, como fue el caso de mi sobrina el año anterior.
Por más que así haya “sido antes” no implica que así tenga que “seguir siendo”.