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Viernes, 30 de octubre de 2020



COLUMNISTAS


Unidad nacional y tregua entre adversarios

Emilio Bruce [email protected] | Viernes 03 abril, 2020

Emilio Bruce


Sinceramente


Es sabido que las fieras del bosque, cuando surge un gran incendio no se atacan entre sí y buscan entre todos sobrevivir a lo que es superior a sus fuerzas, sin agredirse ni cazarse unas a otras.

Los costarricenses lejos de ser fieras somos un país alfabetizado, con numerosas universidades y un grupo grande de profesionales y pensadores. Sin perjuicio de ello no está resultando fácil lograr una unidad nacional de propósito en torno al combate del coronavirus y las medidas para que la economía produzca para pagar el costo de la pandemia. En ello va la supervivencia económica de quienes habrán de permanecer entre las casas sin trabajar, sin salir a ejercer su oficio o profesión.

Cuenta la fábula que una tortuga y un escorpión se encontraron a la orilla de un río que ambos necesitaban cruzar. La tortuga se encaminó al agua para nadar a través del mismo cuando el escorpión se acercó y le pidió que lo llevara en el caparazón y cruzaran juntos. La tortuga le dijo que no, que él era su enemigo natural y que la aguijonearía matándola. Tanto insistió el escorpión que al fin lo dejó subirse y a medio río la aguijoneó muriendo la tortuga. En su agonía le preguntó al escorpión ¿porqué me has matado? A lo que este respondió yo soy un escorpión al fin y al cabo.

En estos días pareciera que los costarricenses tenemos sangre de escorpión pues casi como si fuéramos francotiradores, le disparamos a todo lo que se mueve, a todo lo que se sugiere y nos apropiamos de la paternidad del daño hecho. La oposición en democracia es fundamental, pero Winston Churchill que era primer ministro de Gran Bretaña durante toda la Segunda Guerra Mundial junto a Clement Atlee que era el viceprimer ministro, trabajaron juntos y no se destrozaron mutuamente en el conflicto a pesar de ser adversarios. Al concluir la guerra Clement Atlee ganó la elección y reemplazó a Churchill.

Los costarricenses hemos estado acostumbrados a criticar y criticar, a objetar y a objetar, a descalificar sin aportar pruebas, a injuriar e insultar sin esgrimir argumentos. En un momento en que debemos unirnos para en conjunto sobrevivir no sabemos cómo hacerlo y la naturaleza del escorpión se nos sale del cuerpo aunque matando a la tortuga perezcamos con ello.

Los costarricenses debemos analizar muy seria y detenidamente qué pasó con la educación de nuestras generaciones a quienes llenamos de derechos y les redujimos las obligaciones a un mínimo. Los costarricenses debemos reflexionar qué sucedió con el principio de autoridad indispensable en toda sociedad para sobrevivir como comunidad. Todos nosotros padres de familia y abuelos debemos replantearnos qué fue lo que hicimos para que nuestros descendientes no guardaran respeto ni consideración para con quienes nos acompañan viviendo en comunidad. Para que los nuestros no pensaran en las consecuencias de sus actos. Para que los hijos y nietos desarrollaran un egoísmo tal que nadie quiere ceder nada, nadie quiere ceder en aspecto alguno, aunque esto fuera indispensable para nuestra supervivencia colectiva.

Hemos perdido la capacidad de pensar en “nosotros” porque todo enfoque lo hacemos de manera inflexible pensando en el “yo”.

En esta pandemia hemos podido apreciar lo mejor y lo peor de los costarricenses. Desde quienes creyeron que su voluntad está por encima de la salud colectiva y en consecuencia no se aíslan, hasta el desafío y la agresión en una playa a la policía por un joven que no quiso hacer caso del cierre de la playa en aquel sector.

Triste resulta observar la pérdida de valores tradicionales y la incorporación a la conducta diaria de expresiones, conductas y deseos que nada tienen que ver con la solidaridad y la generosidad, la humanidad y la tolerancia que nos caracterizaron en otro momento.

Estimulante nos resulta sin embargo observar el ejemplo de los cuerpos de salud que aún a costa de la suya individual han expuesto sus vidas y las de sus familias por tratar, atender y curar a los enfermos de COVID19. No todo está perdido entonces.

Allá en 1856 cuando la peste del cólera, cuando los muchachos que habían partido a Nicaragua enfermaron de la misma, a costa de su vida permaneció el doctor Karl Hoffman a la par de todos sus enfermos. No cedió un ápice, curó a cuantos pudo y si bien era prusiano y no quemó mesón de guerra alguno, fue para mí un gran héroe de este país al que quiso con el alma.

Hoy nuestros heroicos cuerpos de salud vuelven a mostrar las más sublimes características de la humanidad y generosidad del costarricense.

Es menester analizar nuestro sistema educativo y nuestra crianza hogareña. Es menester analizar las raíces del fenómeno de la indisciplina, el irrespeto, el egoísmo y la ausencia de considerar las consecuencias de los actos de las generaciones más jóvenes. Todavía hay tiempo para corregir. Aún hay camino para enderezar los yerros.

Viva Costa Rica.







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