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Miércoles 19 Septiembre, 2012

Una Patria, una Bandera, un Hombre Valiente

En este mes de la Patria, se acentúa la venta de las banderas; pero con un desconocimiento de la diferencia sustancial entre la Bandera y el Pabellón Nacional. Ambas son de tres colores, pero la última lleva, en el centro, el Escudo Patrio. Los costarricenses, en verdad, no respetamos la una ni el otro. Banderas mugrosas y raídas, están por todas partes, inclusive en edificios públicos, noche y día.
Antes, las banderas descansaban al ponerse el sol y se izaban, pasado apenas el amanecer.
Omitimos gravemente el tratamiento que se les debe dar, con ternura y amor, pero sobre todo con respeto absoluto. He visto automóviles de municipalidades, que transitan llevando como placas, el Pabellón Nacional; derecho exclusivo, por su rango, de los jerarcas de los Poderes de la República.
No sabemos, no conocemos y hasta no nos importan esos “pequeños detalles”; para muchos, desafortunadamente, majaderías y nimiedades.
También nos cuesta reconocerles a algunos, sus méritos personales e históricos, porque no somos agradecidos; bien por ignorancia, bien por olvido, bien por descuido. Yo, por desconocimiento, conversando con ese Gran Jurista Rodolfo Emilio Piza Escalante (q.d.D.g.), un día le manifesté la enorme trascendencia, para nuestra democracia, de la abolición del ejército como órgano constitucional permanente.
Acababa de recorrer Centroamérica y tres cosas me llamaron la atención: en un país la Escuela Militar, la llamaban la “Escuela de Presidentes”; en otro, el Presupuesto del Ejército era secreto; y en un tercero, era asesino y torturador.
En ninguno de esos países vecinos, servía para nada; pues si las cosas se ponían feas, se recurría al Tratado de Río; es decir, a los marines norteamericanos. Pues bien, le dije a Don Rodolfo, que para mí esa abolición había sido uno de los logros más importantes, en los años 40, para la institucionalidad, la paz y la democracia costarricense; al lado de la eliminación de la pena de muerte (a finales del siglo XIX), a favor de la vida humana; y las garantías sociales, para el bienestar y la salud del pueblo costarricense. Y cometí un error —inmediatamente reprochado por Don Rodolfo— al decirle que esa abolición del ejército era obra de otra persona y no de quien es (verdad históricamente demostrada).
Con una corrección amigable, me hizo saber que: un jurista un hombre preclaro, patriota y valiente— fue quien, desde mediados de los años 40, era el propulsor original de la idea, pensada por él y lograda, con una lucha tenaz, con su cristalización en la Constitución Política del 49.
La propuso, desde adentro enfrentándose a los intereses creados y a los militares, cuando fue Diputado y, desde afuera, recibiendo la inteligente y generosa ayuda de miembros de una Comisión preconstituyente, primero, y de distinguidos integrantes de la Asamblea Constituyente, después.
Los juristas le han dado enormes aportes, desde la función pública, a la Patria. Lo han hecho también, con sus denotadas batallas, a favor del Estado de Derecho. Pocos son los conocidos y, en consecuencia con ningún agradecimiento para ellos; por eso es que hoy siento que le debemos un Benemeritazgo a Don Fernando Lara Bustamante, por su empeño loable y por su logro real de la Abolición del Ejército Nacional.

Alvaro Fernández Silva
Exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia