Un poder transformador
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Un poder transformador


Mientras su madre utilizaba la masa de maíz para hacer tortillas, un niño pequeñito , tomaba puñitos de esa masa y hacía muñequitos, en San Antonio de Zapotal de San Ramón de Alajuela, donde nació en una familia de campesinos.
Así, había iniciado ya su duro camino el futuro escultor Domingo Ramos que luego se formó en Roma, Italia y posteriormente, en ese mismo país, en Carrara, la cuna del conocido mármol que lleva ese nombre, extraído de las canteras de los Alpes Apuanos y uno de los más apreciados por su blancura casi sin vetas o con tonalidades azuladas – grisáceas.
Pero llegar ahí le costó grandes sacrificios y épocas de sufrimiento y frustración. Tiempo de sufrir traiciones y desprecios.
Cuando muchos le decían que era una ilusión estéril pensar en obtener una beca, él insistió calladamente y la consiguió. Pero “antes de partir hacia Italia sentí el dolor del existencialismo y de la muerte”, dice.
Quedaba en su tierra la novia María Eugenia Solís, por quien lloró en el avión, sin embargo, ella lo esperó cuatro años.
A su regreso y antes de salir nuevamente para vivir y estudiar un año en Carrara, Domingo se casa con María Eugenia quien abandona sus estudios de enfermería para acompañarlo.
“Tuve muchos ángeles de la guarda”, dice. Los principales, sus padres, Misael Ramos y María Araya que se aventuraron a vivir en San José solo para respaldarlo y apoyarlo para que estudiara en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Costa Rica.
Después, su beca a Italia, otorgada por el Ministerio de Relaciones exteriores del Gobierno italiano, así como la posterior para residir y aprender a tallar el mármol durante un año en Carrara.
“El arte cambió mi vida, es mi vida, vivo para el arte”…dice Ramos.
¿Qué tiene el arte que produce en este escultor una especie de metamorfosis transformándolo en una persona capaz de pensar y analizar la vida con tal profundidad y sensibilidad, que se expresa luego en una creación capaz a su vez de conmocionar al público?
Hoy penetramos al mundo del artista Domingo Ramos que expone 23 de sus obras en piedra, incluida el mármol, a partir de ayer y hasta el 28 de este mes en la Galería de Arte del Instituto Nacional de Aprendizaje (INA).
“Como concepto he buscado siempre al ser humano y creo, como los griegos, que la verdad y la solución a todo está en nuestro interior. De ahí provienen mis dos formas de expresión: figuración y abstracción. Pero lo humano es muy abstracto y lo abstracto muy humano”, afirma el artista.
Ramos esculpe la figura humana y principalmente la mujer, como generadora de vida. “Los nombres de mis obras – dice – son muy generales, universales, como tristeza, amor, maternidad, soledad, felicidad”.
Actualmente esculpe mucho en piedra por ser un material resistente al tiempo. “Antes de empezar a tallar una piedra le pido permiso, ella es algo vivo y también expresa algo, cuenta el artista, quién enciende velas en su estudio mientras esculpe para que Dios lo ilumine”.
Sin duda el arte transformó a Domingo Ramos de un ser sufriente y  descreído en uno que cree en la maravilla de la vida, en la gente y hasta en Dios.
“Considero que no hay nada malo en la vida –asevera - cuando nos sucede algo que parece malo, no es más que una situación temporal que en realidad nos reencauza e  impulsa hacia donde debemos ir. Si una puerta se nos cierra es para que otra mejor nos permita pasar hacia donde debemos ir.
“Estamos aquí para compartir, para darnos amor…Tenemos que ser felices y promover la felicidad”.

Carmen Juncos y Ricardo Sossa
Editores jefes
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