Rodolfo Piza

Rodolfo Piza

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Miércoles 3 Febrero, 2016

 Muchos burócratas viven obsesionados con los procedimientos: cada año se agregan nuevos requerimientos y más papeleo

Tramitomanía y la puerta recién pintada

Contaba Constantino Láscaris que cuando hacía el servicio militar lo pusieron a cuidar una puerta recién pintada, para que nadie la tocara antes de secarse. Al cumplir su turno, lo sustituyó otro soldado con el mismo encargo y así se fueron sucediendo uno tras otro los soldaditos por muchos años, sin que nadie se percatara de que la pintura se había secado en menos de un día y que no se necesitaba seguir cuidando la puerta.
Con los trámites en nuestro país, pasa algo parecido. A alguien se le ocurrió que había que agregar un sello, un certificado, una fotocopia, un recibo o una consulta y por arte de birlibirloque se creó un nuevo requisito burocrático permanente. A un funcionario leguleyo o a un auditor esquizofrénico, se les ocurrió agregar un requisito nuevo para evitar un exceso y así fueron agregándole palos a la carreta.


Muchos burócratas viven obsesionados con los procedimientos: cada año se agregan nuevos requerimientos y más papeleo (a pesar de las computadoras, los papeles, sellados y firmados, siguen exigiéndose). Los funcionarios honrados, por su parte, deben cumplir imprácticos y complejos reglamentos, so pena de engorrosos y estigmatizantes “debidos procesos”; mientras los ciudadanos se ven obligados a cumplirlos o a buscar un enchufe, o a ofrecer regalías (corrupción).
Cada trámite tiene su propia justificación, pero en su conjunto se deben seguramente: a) al temor a la libertad (ver Erich Fromm) y a la responsabilidad concomitante (cuanto más alambicados sean, más difícil descubrir a los culpables); b) al desconocimiento del impacto de cada medida regulatoria y sus efectos sobre el progreso de los ciudadanos; c) a la voluntad de demostrar el poder burocrático (que nadie pueda evadir la pleitesía); d) a la ampliación de las opciones de corrupción.
¿Qué hacer para solucionar esto?: 1) Contener el crecimiento de trámites aprobados por ley (debería advertirse del impacto regulatorio de esta) o por reglamento (lo mismo, y que los tribunales exigieran el principio de reserva de ley). 2) Toda Administración debería habilitar una casilla vía Internet, para que se pueda tramitar electrónicamente cualquier gestión administrativa. 3) Que en todas las oficinas públicas se disponga de kioscos para trámites y que allí puedan firmarse. 4) Que no se puedan exigir certificaciones que consten en Registros de la Administración (central o descentralizada) y que la solicitud permita asumir anuencia para recabar la información requerida. 5) Que las certificaciones de las entidades públicas sean gratuitas. 6) Que el habitante solo deba acudir a una ventanilla para cualquier trámite (ventanilla única). 7) Aplicar sanciones por incumplimiento de plazos ante cualquier petición o reclamo de los administrados. 8) “Silencio Positivo” sin excepciones para autorizaciones, licencias, patentes y permisos (salvo cuando la ley disponga expresamente lo contrario). 9) En caso de que no se aplique el silencio positivo, que se revierta la carga de la prueba, para que la Administración deba probar que el trámite o autorización eran ilegales.
Estas medidas sencillas, prácticas y que pueden ejecutarse con rapidez, simplificarían enormemente el calvario que hoy vivimos en cada trámite: hacer menos filas libera más tiempo para disfrutar las cosas buenas de la vida.

Rodolfo E. Piza Rocafort