Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 28 Abril, 2010


Hablando Claro
Tiempos de cambio

Tenemos nuestra propia y natural manera de explicarnos los hechos siempre complejos que marcan nuestras relaciones y comportamientos individuales y sociales.
Sam Miller, un prominente empresario judío de Cleveland, asegura que la prensa estadounidense “está empeñada en una vendetta contra la Iglesia católica… tratando por todos los medios posibles de denigrarla totalmente. Han culpado de la enfermedad de la pedofilia a la Iglesia católica, lo cual es igual de irresponsable que inculpar el adulterio sobre la institución del matrimonio”. Aunque la traducción es pobre, la idea se entiende.
Al remitirme este artículo, el señor H.M. me decía que “los que somos iglesia nos sentimos atacados sin ninguna razón” lo cual ocurre según él porque hay “una intención expresa de inculpar a la Iglesia católica de las faltas de algunos de sus miembros”.
Para el señor H.M. el delito de la pedofilia se asemeja al divorcio en mi profesión. “Es lo mismo dice que si muchas mujeres periodistas no pegan en el matrimonio y se divorcian, porque su trabajo es muy absorbente y no les permite llevar la relación matrimonial, eso es suficiente para afirmar que el periodismo femenino es fatal para el matrimonio lo cual agrega no sería justo porque efectivamente hay periodistas mujeres que sí logran balancear su profesión con el matrimonio…”
Los ejemplos del divorcio y el adulterio respecto del matrimonio, no son para nada aplicables respecto de la pedofilia y la Iglesia.
Los defensores (y muy especialmente líderes y autoridades) de la Iglesia católica deben entender que los escándalos respecto del repudiable delito del abuso sexual contra inocentes e indefensas víctimas no se pueden explicar más en una campaña de desprestigio o en una “vendetta”.
La Iglesia católica está a prueba hoy más que nunca porque está obligada a cambiar sus estructuras, está obligada a asumirse en un mundo más democrático, más abierto, que clama por instituciones dispuestas a rendir cuentas de sus procedimientos y del comportamiento de sus integrantes.
Es cierto que se generaliza y que ello parece injusto. Le pasa lo mismo a la democracia.
La gente señala con el dedo a la política y la culpa de los malos resultados de la democracia por el mal desempeño de algunos políticos ineptos o corruptos, que sin duda, son muy pocos frente a los muchos políticos que honestamente quieren acceder al poder con espíritu de servicio. Parece injusto, ¿verdad?
Se estigmatiza a los políticos, a los partidos, a la política y finalmente al sistema mismo.
Con la Iglesia es igual; se estigmatiza a los curas, a la iglesia y a la religión misma...
¿Y por qué? Porque se trata de instituciones de poder. Donde si bien es cierto los que infringen la ley (no hablo de pecado, sino de delito) son unos cuantos, el dedo acusador recae sobre la institución misma porque lejos de haberlos llevado ante los tribunales de la justicia humana, han hecho lo imposible por sustraerlos de ella.
De modo que, en mi criterio, no se trata de que los católicos se sientan perseguidos, como no se trata de que los demócratas nos sintamos acorralados.
Se trata de que quienes detentan el poder (eclesiástico o republicano) tengan clara la defensa de los intereses ulteriores; defensa que solo será posible mediante la denuncia, la rendición de cuentas, la transparencia y la sujeción a las instituciones de la justicia humana para poder limpiar sus instituciones de los malos servidores que la dañan.
Y que nosotros seamos grey o ciudadanos demandemos de nuestras respectivas autoridades absoluta claridad en la defensa de los principios que sustentan esas instituciones.

Vilma Ibarra