Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 6 Mayo, 2009


Hablando Claro
Teorías de la conspiración

Me parece francamente aberrante que algunas mentes torcidas intenten convencer a unos pobres ingenuos de que el nuevo virus de influenza pandémica responde a una maquiavélica invención articulada por líderes mundiales para desviar la atención de la crisis económica internacional y, de paso, darles una ayudadita a las compañías farmacéuticas, los vendedores de suplementos como guantes y mascarillas y —en nuestro caso— a la Fábrica Nacional de Licores (aunque ciertamente nadie duda que en este país bendito no tenemos ningún problema para colocar en el mercado toda la producción de alcohol).
Sin considerar aspectos básicos que echan por la borda una teoría tan disparatada —como por ejemplo, la seriedad de la Organización Mundial de la Salud— esas mentes torcidas se escudan en el anonimato, pero se mueven con la libertad sin límites que facilitan las redes, para articular una lógica que solo puede conducir a la conclusión de que hay tanta gente (médicos, investigadores, presidentes, organismos internacionales y un sinnúmero de organizaciones humanas más) urdiendo y cohonestando algo tan macabro como la invención de nuevo virus de influenza que finalmente —según ellos— no existe, solo para atender los mezquinos intereses del capitalismo salvaje que los hace tener pesadillas todos los días.
El problema real no es que nos aparezcan en cada esquina estos iluminados que pretenden hacernos creer que solo ellos pueden ver la verdadera razón oculta detrás de cada átomo que se mueve y “conspira” en el universo, sino que hay gente que les cree. Ese es realmente el estupor que me provoca esta última teoría de la conspiración. Que haya adultos, incluso con altos niveles de educación, que se atrevan a señalar públicamente que han terminado por convencerse de que “todo esto debe ser mentira” que no hay tal fase 5 de alerta pandémica o que más bien, si la hay, es porque responde a una gigantesca confabulación de macabros intereses económicos.
Me recuerda por supuesto las historietas de la pantalla chica frente a las que —lo confieso— termine dándome por vencida como madre en aquella época no tan lejana en que los enemigos del universo copaban no solo los canales de televisión sino también las jugueterías y hasta los “signos externos” de las vestimentas infantiles (años más tarde vendrían las salas de videojuegos y los modernísimos y sofisticados juegos de vídeo). Frente a la cada vez más acabada tecnología de aquellas películas y juegos, todos mis argumentos maternos palidecían año con año hasta que me di por vencida y terminé viendo con mis hijos aquellas (para mí) horripilantes series para tratar de argumentar, por supuesto, a favor del bien.
El problema es que ahora no se trata de películas y juegos de vídeos y no son niños los que están siendo “convencidos”. El problema frente a estas absurdas articulaciones del mal es que sin efectos y por supuesto, sin argumentos serios y sólidos, hay adultos que adhieren las teorías de la conspiración y nos las mandan a nuestros correos a veces diciendo que el envío es “por si caso” por aquello de que —como decían los abuelos— “no hay que creer ni dejar de creer” Algo así como la brujería. Pero hoy, en pleno siglo XXI y de frente a la más dura evidencia científica…