Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 31 Julio, 2008

Vericuetos
¿Tendremos que irnos?

Tomás Nassar

Decía mi profesor de derecho penal, que quien roba es ladrón, quien viola, violador y quien mata, asesino. Todo intento de suavizar el impacto del término es mera cursilería.
Por eso, a pesar de que a algunos de los modernos defensores de los llamados “derechos humanos del victimario” les hiera en su particular noción de sensibilidad y justicia social, tengo que afirmar que quienes se lanzaron a cometer la mahomía el pasado domingo de destruir o saquear propiedades durante un concierto en la Universidad Latina, no son más que vulgares y miserables delincuentes.
No son, mentira, ni jóvenes desadaptados sociales, ni estudiantes frustrados ante la ingratitud que pudo significarles el no poder ingresar al evento musical. Pachucos descamisados de rostro cubierto, no otra cosa.
Una horda de forajidos a tropel, sembró el pánico en vecinos y transeúntes, atacando sin reparo cuanto encontraron a su paso. Hampa de la más baja ralea, pléyade de bandidos, facinerosos, merecedores de la más dura sanción posible, si es que todavía existen penas para los transgresores en este nuevo país, en esta nueva Costa Rica, tan tristemente lejana de lo que no hace mucho fue.
No hay explicación ni justificación posible. Los forajidos agredieron, asaltaron, robaron, destruyeron, y agredir, asaltar, robar y destruir son, donde se quiera, acciones delictivas propias de delincuentes.
Dice don Fernán Guardia, en uno de los periódicos del país, “Esta juventud me decepciona. Francamente no entiendo a los jóvenes de Costa Rica”. Aunque comparto con mi buen amigo Fernán que esta juventud, y aclaro que no toda nuestra juventud, es decepcionante, tengo que afirmar que a quien no puedo entender es a los mayores llamados a poner freno a estas bandas de maleantes que se toman bienes y vidas por asalto, muchas veces, como el pasado domingo, por el simple gozo de producir el daño. No entiendo a los diputados que no aprueban leyes que permitan recluirlos, no entiendo a los jueces que, como en este caso, los liberaron al día siguiente, no entiendo a los padres de familia que no reaccionan cuando ven que sus hijos son carcomidos por el vicio y la vagabundería, no entiendo a las autoridades que no asignan presupuesto adecuado a la seguridad pública, no entiendo a los políticos que no ven como se nos va la paz de las manos, no entiendo a los que siguen soñando con un país de policías descalzos y que vociferan contra el militarismo de nuestra guardia civil, no entiendo a los que pretenden mantener las fronteras abiertas para que ingrese quien quiera ingresar portando lo que quiera portar, no entiendo a los adeptos de la tendencia blandengue que piensan que los malhechores son víctimas del sistema a quienes no se puede sancionar.
Tampoco entiendo a la sociedad civil que no se ha lanzado a la calle a exigir seguridad, ni a los empresarios, los trabajadores, las familias, los estudiantes, cotidianamente agredidos, que se encierran silenciosos y temerosos entre cuatro paredes sin demandar acciones concretas para preservar su derecho a existir con tranquilidad; porque ya no se trata de otra cosa más que de la simple supervivencia.
Estos días he tenido muy presente a una familia colombiana que vino al país hace muchos años, huyendo del horror de la violencia, de la delincuencia, de la inseguridad. La verdad, me lo he tenido que plantear: y nosotros, ¿tendremos que irnos también?