Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 3 Marzo, 2010


Hablando Claro
Temor a las multas

Mi pecado recurrente es el uso del celular al volante. Por esa conducta ilegal, pero sobre todo, peligrosa, tiempo atrás me gané una multa de cinco o diez mil colones (no recuerdo). Lo que sí tengo muy presente son las numerosas reprimendas de mi hijo menor que no ha cejado en el empeño de enderezar el torcido comportamiento de su madre.
Pero he ahí, que lo que no logró la vieja jurisprudencia debido a mi absurda rebeldía materna, lo consiguió como por arte de magia la nueva Ley de Tránsito.
Y es que, claro, no es lo mismo cinco o diez mil colones, que ¢220 mil por conducir hablando por celular. La conducta más reiterada de los ticos en carretera.
Así somos. No hay quite. Si no tenemos una amenazante pistola al cuello, no nos resultan convincentes ni los argumentos técnicos ni los ruegos de esos pequeños y muchas veces más conscientes ciudadanos en potencia que son nuestros hijos a quienes —dicho sea de paso— los mayores sometemos a terribles instantes de tortura psicológica por nuestro mal comportamiento como conductores y como peatones.
Y si no observamos con la seriedad y formalidad que se supone deviene de la madurez adulta, normativas como el uso del teléfono, los dispositivos de seguridad, la conducción temeraria y otras maniobras imprudentes e irresponsables, sobra decir que lo que acontece por estos días con las inacabables colas para renovar la licencia no es más que la expresión acabada de nuestro absurdo infantilismo. Y no importa si la normativa en cuestión es tan añeja como la obligatoriedad (antilibertaria) del cinturón de seguridad o si el infractor es una persona supuestamente madura como aquella señora que dijo sin el menor asomo de sonrojo que se había quitado el dispositivo por el calor de la menopausia.
¡Que la providencia nos encuentre confesados!

No hay duda que la Ley de Tránsito requiere correctivos. La legislación aprobada en diciembre de 2008 pasó por dos aplazamientos y 14 meses después no fue reformada de acuerdo con los más sanos criterios de razonabilidad y proporcionalidad y, en algunas de sus disposiciones, muestra abiertamente los absurdos que caracterizan nuestra falta de orden, planificación, seriedad y rigurosidad. Para hacer leyes, para convivir de acuerdo con el sentido común. Para conducirnos según parámetros de país y sociedad de primer mundo.
Pero ese es otro tema. Aquí de lo que se trata es que —Hablando Claro— multas altísimas o multas rebajadas a precio de SALE (ofertas de cierre de Congreso) no estamos dispuestos a cumplir únicamente porque nos convienen las disposiciones que el Estado de derecho establece para mejorar la convivencia, maximizar la seguridad y minimizar la accidentabilidad. Porque las multas no son un fin en sí mismas. Aunque pareciera que sí, porque ahora todos estamos cumpliendo con la ley porque les tenemos miedo al monto de la factura y al consiguiente desajuste de nuestro presupuesto mensual.