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Domingo, 9 de diciembre de 2018



COLUMNISTAS


Soluciones mágicas impiden las necesarias

Rodolfo Piza | Miércoles 16 marzo, 2016


Mientras la accesibilidad y el tiempo de desplazamiento de los transportes colectivos no sean eficientes, la gente seguirá acudiendo desesperadamente al automóvil

Soluciones mágicas impiden las necesarias

The Economist (Feb 27, 2016) al analizar los problemas del tránsito, recordaba que las ciudades que tratan de forzar a los conductores a dejar sus carros según sus placas, logran lo opuesto. Así, en la Ciudad de México y otros lugares, prohibir la circulación en días específicos para enfrentar la polución y el tránsito; no logró sus objetivos. En su lugar, sirvió de acicate para los vendedores de autos: cualquier familia que puede pagarlo, compra otro vehículo con diferente placa.
En nuestro país, la mayor cantidad de infracciones en 2015, fue por incumplir la restricción vehicular en San José. Las tres faltas más usuales, por su orden, incumplir la restricción, conducir sin permiso e infringir las reglas de estacionamiento; superaron en más de cinco veces las de irrespeto de las señales de tránsito. De las diez infracciones más frecuentes, siete están relacionadas con fallas administrativas, dos con fallas que no ponen en peligro la vida de terceros (cinturón de seguridad o casco de los conductores) y las relativas a conducción imprudente o peligrosa (exceso de velocidad, conducción bajo los efectos del alcohol o las drogas), no aparecen entre las primeras diez.
La restricción vehicular en nuestro país ha logrado, sin duda, aumentar los ingresos del Tránsito, y en sus primeras etapas, ayudó quizás a bajar el tránsito y la polución en la ciudad capital; pero a un costo muy alto para los conductores, aumentando el flujo vehicular por calles alternas y sin bajar el consumo de combustible (efecto mínimo sobre la polución).
La restricción vehicular es un ejemplo de “solución mágica”: si prohibimos uno, dos, tres, cuatro o cinco días a la semana la circulación, lograremos un objetivo aparente, como bajar la polución y mejorar la fluidez de los transportes colectivos de personas en el centro de la ciudad; pero ¿a qué costo? Probablemente, al costo de contaminar y de congestionar los demás centros urbanos y, a la larga, distorsionar un desarrollo urbano más armónico. Y esto porque mientras la accesibilidad y el tiempo de desplazamiento de los transportes colectivos no sean eficientes, la gente seguirá acudiendo desesperadamente al automóvil.
Cuando ejercí de magistrado de la Sala Constitucional, aunque respeté la jurisprudencia de la Sala (Sentencia N° 2012-005926); en nota separada señalé la violación al principio de proporcionalidad y de reserva de ley que suponía la restricción vehicular, sobre todo por la desproporción impuesta a la libre circulación y porque no se necesitaba restringirla en la Circunvalación (como pedían los ingenieros) y fuera de las horas pico.
Invertir más en infraestructura, enfrentar cuellos de botella, mejorar los transportes públicos (líneas de metro, tren o líneas especiales para autobuses); sancionar mejor el parquearse en líneas amarillas; dejar de exigir parqueos mínimos en edificios, o incluso cobrar por ingresar al centro de ciudad pueden ser más efectivos y sostenibles.
Las soluciones mágicas y las prohibiciones vehiculares, aunque sirven de opio para ocultar temporalmente los problemas del tránsito; nos alejan de las soluciones necesarias.

Rodolfo E. Piza Rocafort