Claudio Alpízar

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Jueves 22 Enero, 2015

Si el Presidente no corrige en su gabinete, permanecerá aturdido por la música de cimarrona que este emite más que por una relajante sinfonía


Sinfónica o cimarrona política

Una orquesta sinfónica es un conjunto de músicos que tocan diversos instrumentos e interpretan con armonía grandes piezas musicales. Posee un director de orquesta que con su batuta logra que la interpretación sea coherente; él tiene la visión global de la partitura y es quien ordena en qué momento cada músico sonará su instrumento.
Ciertamente el director no pierde la oportunidad de hacer una interpretación personal de la pieza musical, pero sin olvidar la sintonía obligatoria de toda la orquesta.
El caso del ex Viceministro Daniel Soley evidencia algo recurrente en la Administración Solís Rivera: no hay director de orquesta. No es un ministro de comunicación lo que requieren, sino una estrategia de gobierno —partitura— con un director de orquesta que le indique a cada uno de sus operadores políticos su espacio y cuándo hacer su aparición.
Está establecido taxativamente por ley que el Ministerio de la Presidencia es el coordinador y jefe de gabinete, además de enlace con la Asamblea Legislativa. Prácticamente un Primer Ministro, ello lo obliga a ser el mejor comunicador político del Poder Ejecutivo.
¿Ha cumplido Melvin Jiménez con esta encomienda? ¿Actuó Soley sin instrucciones de su superior inmediato? ¿Dio Jiménez alguna declaración sobre el actuar de su subalterno? ¿Por qué tuvo que dar las explicaciones el presidente Solís sobre un caso que le correspondía aclarar al Ministro de la Presidencia en primera instancia? ¿No es al Presidente y al Canciller de la República a quienes corresponde el nombramiento de embajadores?
Sin duda, el frío no está en las cobijas. Se fue Soley, seguirá Jiménez como Ministro de la Presidencia y responsable de dirigir una partitura definida por el Presidente de la República. Preveo que los problemas de comunicación política y las contradicciones en gabinete continuarán aunque se nombre a Glenda Umaña, a Jorge Gestoso, a Carmen Aristegui o a Oprah Winfrey en un innecesario Ministerio de Comunicación o Información.
Alguna vez Raúl Prebisch dijo: “Seguiré hablando de lo mismo hasta que me entiendan”. Así que repetiré una vez, y mil más, que los ministros son las máximas autoridades políticas de gobierno —músicos de la orquesta que interpreta la partitura del Presidente—, lo que los obliga a ser grandes comunicadores.
Un ministro de comunicación no puede solucionar las falencias de sus pares al respecto, además no es el Espíritu Santo para estar en todos lados y en todo momento.
El Presidente seguirá teniendo problemas cada vez que salga del país —lo cual realiza con frecuencia— por la desarticulación de un gabinete que fue conformado con parches, en tractos, sin afinidad, sin partitura clara ni conjunto; lo que provoca que los “ratones” hagan fiesta ante la ausencia o displicencia del “gato”.
Si el señor Presidente no toma acciones correctivas en su gabinete, si no hace algunos “enroques” ministeriales, si no mejora su coordinación con cada ministro y si no saca tiempo para pensar y gobernar, seguirá atribulado con acciones de segunda o tercera línea. Estará permanentemente aturdido más por la música de cimarrona que emite su gabinete que por una relajante sinfonía en su gobierno.

Claudio Alpízar Otoya

Politólogo