Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 29 Abril, 2013

Sueño con que el público costarricense disfrute del placer de la identificación


Sétimo arte, primera identificación

El término sétimo arte fue acuñado hace más de un siglo por Ricciotto Canudo, un italiano radicado en Francia, fundador del primer cineclub del mundo y de dos revistas de cine. Canudo anticipó la llegada del sonido y el color a la pantalla y en 1911 publicó su ensayo Manifiesto de las siete artes.
Aunque el primer crítico de cine pertenecía al movimiento futurista italiano, dudo que supiera de la existencia de Costa Rica, por lo tanto jamás imaginó que en un pequeño y remoto país tropical el sétimo arte floreciera tan profusamente en el siglo XXI.
Hace algunos años escribí un artículo titulado “Comer palomitas escuchando mi lenguaje”. En él mencionaba una gran cantidad de filmes nacionales que se habían estrenado durante la última década y destacaba un elemento que para mí es fundamental: la posibilidad de identificación. Estamos invadidos por productos audiovisuales extranjeros y pocas veces podemos reconocer en ellos nuestros paisajes, cultura y lenguaje.
Mi experiencia como dramaturga me ha permitido observar la identificación del público cuando se ve reflejado en situaciones y escucha a los personajes hablando con un vocabulario común.
Las artes tienen que contar las múltiples historias que genera un país en sus diversas épocas y el cine es el arte más completo para hacerlo.
Por eso es fundamental que se apruebe la ley de cine que pronto —esperemos— se discutirá en la Asamblea Legislativa. Dicha ley propone un impuesto de un 1% a la suscripción por cable y un 3% a las entradas de cine.
Las cableras y las distribuidoras de cine se oponen a esta iniciativa argumentando una defensa del consumidor y obviando hasta qué punto obtienen ganancias millonarias.
Don Fernando Contreras de Repretel argumenta que no considera razonable subvencionar una industria, de la cual no es parte ni tienen relación.
Pues debería: todas las empresas televisivas tendrían que contribuir con la producción audiovisual o al menos facilitar formas de proyección de las mismas.
En lugar de llenar la cuota de programación nacional con programas de concursos, los canales nacionales deberían ofrecer espacios a series de ficción costarricense. Y que no argumenten la falta de rating porque no es verosímil.
Por su parte, los distribuidores cinematográficos, representados por Luis Carcheri, no solo rechazan el nuevo impuesto sino que tampoco están de acuerdo con regular los periodos de exhibición de las películas nacionales, tomando en cuenta, por supuesto la cantidad de público asistente.
Como profesora de la Nueva Escuela de Cine y Televisión puedo asegurar que muchos de sus alumnos tienen talento y todos están obteniendo las herramientas necesarias para realizar productos audiovisuales de los más diversos géneros.
Y no es que quiera abogar para que los jóvenes tengan trabajo en el futuro. Sí. Pero no se trata solo de eso. Sueño con que el público costarricense disfrute del placer de la identificación.


Claudia Barrionuevo

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